lunes, 29 de agosto de 2016

La Sombra, el Diablo y la Pesadilla

El siguiente relato fue un relato que escribí hace varios años, cuando todavía estaba en la universidad. Creo que lo presenté a algún concurso o presentación pero ya no recuerdo cual o si era un trabajo de improvisación para algo. Su historia en el fondo era una escusa para aunar tres figuras que para mí siempre han formado una especie de trinidaed maléfica.



La Sombra, el Diablo y la Pesadilla





I
Me levanto de nuevo en mitad de la noche, empapado en sudor y dolorido de forma antinatural. Se que mi enfermedad no tiene nombre y aquellos que han intentado ayudarme han caído en un sueño longevo e inacabable, incapaces de volver a despertar y ver la luz del sol. Intento comprender qué pasa en mi espíritu cuando mis ojos descansan pero no logro saberlo, sólo sentirlo; años he pasado con angustioso insomnio, privado de sueño y contemplativo durante largas noches de vigilia, intentando adormecer mi mente y ralentizar los pensamientos que de forma tan rápida me sumergen en un bullicio de palabras y emociones inconexas e indescifrables del que difícilmente puedo librarme.

Para los médicos y psicólogos, sólo era un chiflado más en sus consultas, no lograban entender por qué no tenía sombra, ya que ésta había desaparecido poco después del suceso que trastocó mi vida. Según ellos todo estaba en mi mente, seguía proyectando sombra y ésta permanecía donde había estado toda la vida, junto a mis pies imitando todos mis gestos desde su extraña perspectiva. Sin embargo yo continuaba sin verla y desde luego la necesitaba sin saber por que, necesitaba ante todo saber dónde había ido a parar y quizá los sueños tenían algo que decir al respecto.

El insomnio empezó a raíz de unos extraños sucesos que acontecieron una larga tarde de invierno, que es cuando las vi aparecer por vez primera. De los rincones oblicuos de las paredes aparecían las sombras; se deslizaban con sigilo a través de los muebles y los rincones más insospechados y por unos instantes parecían desaparecer cuando entornaba los ojos y las miraba fijamente. Pero al poco rato volvían a mecerse al compás de un sonido invisible como si yo ya no estuviera allí para delatarlas y enfrentarlas a mi sentido común.

Un día cualquiera me acecharon y abriéndose paso a través de la fantasía y los delirios que por entonces enturbiaban mi mente, se hicieron conmigo y penetraron en mi interior. Desde aquella noche el dormir fue tan sólo un recuerdo, el insomnio fue mi compañera más fiel y pasé varios meses largo y tendido intentando descubrir que me pasaba. Los médicos no pudieron ayudarme, sólo los fármacos parecían dar resultados temporales. Cuando alguna de esas pastillas lograba tumbarme me despertaba en un nuevo mundo, sin colores y desprovisto de límites entre la materia y los pensamientos. Todo parecía flotar en un halo de luz caóticamente organizada, como si todos los cuerpos fueran gaseosos y su esencia volátil. Esos sueños fueron muy extraños y me perturbaron demasiado hasta el punto de no ver dónde me llevaba todo aquello. Empecé a ser consciente de que había otra realidad detrás de la barrera del sueño que separaba débilmente la realidad de la fantasía, quizá esta barrera separa el mundo físico del mundo real de nuestro interior más profundo. No sabía como explicarlo pero desde aquellas experiencias primerizas comprendí de forma instintiva que yo era algo más que una simple alma mortal. No sabía aún lo que me esperaba entre la noche y la vigilia.

Mi vida cambió bruscamente cuando la divisé entre las sombras nebulosas de mis sueños artificialmente inducidos. Vi su rostro entre suspiros de aire vaporoso; emborronado era su rostro, pero sus ojos, claros como el marfil a la luz de la luna llena, me llamaban en silencio, querían que descubriera los misterios que emanaban de su cuerpo de puro pecado. Se esfumó de mi visión cansada, en un intento superfluo de alcanzarla me fatigué y desperté de nuevo al infierno de mi vida. Lo único que recuerdo fue ver marchar aquella forma vaporosa y seductora por la puerta de mi habitación. La vi desaparecer en la penumbra que aguardaba ese mundo desconocido que por aquel entonces eran los sueños.

En un afán desmesurado por tomar las riendas de mi vida me precipité y dejé la medicación en mis manos, necesitaba dormir por mi cuenta y para ello me sedaba literalmente todos los días con tal de navegar por aquellos páramos desconocidos. Sabía que esa criatura bella sería un motivo suficiente para dormir en la profundidad más absoluta. Quería de nuevo volver a sumergirme en ese abismo onírico que hasta hacía poco me provocaba pavor, con sus símbolos y significados hostiles hacia mi propia persona. Quería romper esas barreras y arrojar algo de luz a aquel mundo de tinieblas grises. O al menos, en el último intento fundirme en la oscuridad y formar parte de ella, pues desde años atrás la luz ya irritaba mis ojos y me sentía como alienado de la realidad.

Así pues me alejé de aquellas que aseguraban querer ayudarme y me esfumé entre el silencio que tanto me caracterizaba por aquel entonces. Yo solía trabajar en una empresa común, aburrida y que desde luego no solía satisfacer mis necesidades como ser humano y menos aún como animal, civilizado o no. Durante años había realizado trabajos nada gratificantes que atentaban contra mis ideales, o por lo menos lo que yo consideraba como tales. Me dejé llevar por las oportunidades que me ofrecía el destino y conseguí aquello que los dioses me tenían reservado, la amarga ambrosía del infierno, la miseria humana personificada en mi propio rostro cada vez que me levantaba y me miraba al espejo y lo más repugnante de todo, el sentir como con los años te vas pudriendo cada vez más y terminas por resignarte y regocijarte en tu propia desgracia. Sólo la música me salvó de aquella hecatombe inmoral e irracional.

II

Es curioso pero la música es lo que más hecho de menos, donde estoy ahora mismo no hay música, los sonidos articulados con inteligencia han desaparecido, sólo hay ruidos, pensamientos en forma de explosiones sonoras y quizá ecos de lo que alguna vez consideré ruidos inteligentes, noise, ruido en estado puro. La música falta en mi corazón, pero no puedo negar que aún estando falto de tal maravilloso arte alguna que otra vez he podido volver a escuchar o al menos recordar algunos de mis artistas favoritos. Escribiendo esto pienso que quizá con suerte algún día no muy lejano pueda volver a escuchar la voz de la atrevida y melancólica Siouxsie Sioux o alguna composición del genial Arvo Pärt... quien sabe.

Llega la noche y de nuevo me tumbo en la cama, arremolinándome entre las sábanas de rugosa textura. Cierro los ojos y me concentro en la nada, en el vacío abisal del espacio exterior, intentando ver las formas que oculta la negrura infinita y los ojos de aquellos que nos observan desde algún lugar seguramente inexistente en términos lógicos. Así pasan las noches entre trabajos y agotadores jornadas de banalidad perpetua hasta que una de esas noches consigo deshacerme de mi cuerpo y sumergirme de nuevo en el mundo de los sueños, en su cálida humedad sobrenatural, en sus fantásticos recovecos en cierta medida impredecibles pero que te llenan de regocijo pero también de sensaciones extrañas que pueden traer consecuencias nefastas.

Abro los ojos y despierto a una nueva vida, un nuevo mundo me espera lleno de coloridos antinaturales y escenas dinámicas poco plausibles que cambian con regularidad. Corro a través de extraños páramos del color del maíz y me dejo envolver por el cargado aroma de las plantas que me rodean mientras éstas son mecidas por el viento. Todo es fabuloso, nunca he encontrado un punto tan perfecto entre la nitidez onírica y la imaginación. Por un momento pienso en no despertar jamás y vivir en aquel mundo de fantasía que sin darme cuenta crece hasta el punto de llenarse de un colorido y unas formas que ni el más diestro de los artistas podría plasmar. Solo mi memoria se regocija de aquellos recuerdos gratificantes, me enorgullece decirlo y es que aquel páramo amarillento y soleado fue el principio de todo, allí, entre la maleza espesa distinguí la sombra femenina que desde hacía semanas inundaba mis fantasías y deseos más prohibidos. No lo dudé ni un instante, dejé de contemplar la belleza de mis ojos para seguir aquello que anhelaba mi corazón palpitante. Me sumergí entre el campo que parecía de trigo o quizá cebada.

Entre aquella hierba alta y seca busque aquella sombra que recorría con rapidez y movimientos furtivos todo el campo a través. En cierta medida se que quería que la siguiera, pues cuando la perdía de vista volvía a aparecer de la nada como si estuviera ligado a mi en esencia desde el primer momento que nuestros ojos se cruzaron. Corriendo frenético y sin descanso me agoté en cuerpo y alma, pero no sin antes volver a recrear aquel recuerdo cálido de mi mente y haber reconstruido mentalmente una imagen más amplia de aquel ser de sombría apariencia.

Cuando me di cuenta me dio un vuelco en el corazón. Estaba en un lugar desconocido, austero e inhóspito. El miedo empezaba a entrar en mis huesos y les provocaba pequeños temblores, mi mandíbula se había quedado rígida ante aquel lugar excesivamente grotesco. Sus formas eran corrosivas y todo aquel templo olvidado, medio arcaico y mohoso rezumaba odio y rencor, aunque siendo sinceros, también cierta curiosidad insana en mi persona. Quería saber qué era aquel lugar de pesadilla, ese monumento al horror y al miedo. Parecía una vieja catedral contaminada por sucios designios, esculpida con materiales corrosivos y adornada con imágenes y formas que sólo un demente cruel podría albergar en su imaginación.

Viejas y robustas estatuas custodiaban su entrada. Acercándome vi sus rostros pétreos, parecían almas en pena petrificadas en el momento de expresar su máxima agonía, justo en el momento en el que comprendieron que quedarían ancladas para siempre a ese horrendo lugar. Un frío electrizante recorrió mi espalda al reflexionar sobre ese lugar. No quise ni imaginar quien habría construido aquel lugar de piedra oscura empapada de odio líquido y viscoso, rechace la idea de averiguar el fin de esa vil construcción. Pero aún así, entré sin dudarlo, quizá pensé que sólo se trataba de un sueño, pero ahora que lo recuerdo sin distorsiones se que era la curiosidad nata en mi la que me empujó a entrar por las puertas del infierno y encontrarme con el que mora entre tinieblas.

Su interior era escuálido, lleno de formas sinuosas y habitaciones deformes como si todo hubiera estado a punto de derretirse en un pasado no muy lejano. Mis pies pisaban cosas que reptaban por el suelo, seguramente gusanos viscerales e insectos extraños capaces de adaptarse a aquel lugar triste y desolado. Quizá eran capaces porque no tenían alma. Yo en cambio si. Lo supe en aquel momento porque ese lugar maldito empezaba a teñir mi alma de negro. Tanto era el miedo que sentí que me vi a mi mismo pálido y frágil como si hubiera permanecido entre tinieblas dos eternidades y media. Aún así seguí y me adentré en aquel laberinto de entrecruces y salas abandonadas cubiertas de polvo e instrumentos extraños que quizá años atrás sirvieron para cometer atrocidades. Había muchos tubos sucios llenos de líquidos medio cuajados, bañeras llenas de agua ensangrentada y frascos que contenían bichos y animales no muy diferentes quizá a los que me encontré en la entrada de ese mausoleo del horror.

III

Por fin encontré el corazón de aquel laberinto desalmado, vi la luz rojiza y el cálido aliento del fuego que impregnaba la extraña cámara que mis ojos veían desde lejos. Aquel calor vivo contrastaba de una manera peculiar con las estancias con las que hasta el momento me había topado. Todo el edificio era frío y sus estancias puro hiel. Hasta el momento no me había siquiera percatado que mis huesos estaban calados por la humedad gélida y la falta de luz. Conforme me acerqué a la sala cuya luz podía ya irradiar mi cara vi que todo aquello rezumaba peligro, sabía que dentro de aquel lugar había algo más cuya idea no podía concebir. Por mi mente cruzaron viejos recuerdos psicotrópicos de momentos ya superados. Todo empezaba a resultar familiar, es como si dentro de ese cubículo misterioso me fuera a encontrar algo que había estado buscando toda mi vida sin darme cuenta.

Lo vi de repente, había tubos y máquinas en funcionamiento. Sonidos estridentes y gritos de agonía pura. En el centro de la habitación un corazón rojizo bombeaba extraños vapores a la sala, parecía un veneno blanco y volátil que alimentaba el lugar y lo convertía en un templo dedicado al dolor y la resignación. Entre sin demora y me mezcle entre el vapor que cubría la atmosfera tan eficazmente. Fue curioso notar que ese viento opaco y denso no tenía aroma, ni siquiera tenía un color característico, era pura niebla. Quizá en aquel momento comprendí que a veces los males más puros de la vida tienen su origen en cosas que consideramos neutras y carentes de significado por si mismas. No se, pero es algo que descubrí con el tiempo y quizá aquel sueño me lo quiso mostrar con el lenguaje que entiende, el de las metáforas.

A los alrededores de esa sala sorprendentemente esférica había un montón de espejos que avivaban la sensación de grandeza y luz, haciendo parecer la sala más grande de lo que realmente era. Me quedé girando sobre mi mismo contemplando mi propio yo, me notaba más delgado, cansado y demacrado. Noté que cuando más tiempo pasaba en aquel lugar más me sentía en concordancia con él. Es como si ese lugar me estuviera absorbiendo la identidad y poco a poco entrar a formar parte de él. En ese momento recapacité y en un impulso rápido e inconsciente arrojé una de las piedras del suelo contra aquella pared de cristal, haciendo que por unos segundos llovieran cristales en la habitación. Los trozos de cristal me provocaron algunos cortes sin importancia, pero en el fondo me daba igual, había sido un impulso vital, adaptativo, no quería bajo ningún concepto convertirme en uno de esos seres y vagar eternamente en la oscuridad desprovisto de piernas y reptando por el suelo como un gusano inmundo.

De entre los trozos de espejo centelleantes surgieron sombras agitadas que me rodearon haciendo que por unos momentos viera a través de sus ojos. Todo era blanco y negro, carente de color y significado, pero había algo que no logro recordar con exactitud, cuando intento evocar esa imagen en mi mente, creo que siempre falta algo, es como si las sombras vieran las cosas inanimadas de otra manera, algo incomprensible para nuestros sofisticados ojos de sangre caliente. No se como explicarlo pero fue una sensación única que jamás pude volver a sentir.

Una extraña sensación de pánico y terror recorrió cada uno de los recovecos de mi ser, las sombras me transmitieron una sensación de gratitud al ser liberadas pero también un pánico sideral y primitivo a algo innominable y anterior al tiempo que los había atrapado durante eones con aquellos artilugios malditos propios de un alquimista caído en desgracia. Justo cuando las sombras se desvanecieron escuché unos pasos siniestros avanzar hacia mí. De inmediato, sin darme siquiera tiempo a esconderme entró en la habitación aquel ser de penumbra, el maestro de llaves, aquel que gobierna esta fábrica infernal llena de sombras cautivas y almas convertidas en repugnantes gusanos.

Sus ojos eran de color carmesí y parecían tener tantas tonalidades diferentes del rojo como estrellas tiene la noche. Su piel estaba demacrada y llena de hollín, sus labios sin embargo eran finos aunque algo cortados por el frío del lugar. Lo que más me sobresaltó fueron sus manos y sus extremidades. Por piernas tenía patas como de ave de corral y sus manos eran largas y puntiagudas como una araña en posición de ataque. Sus uñas negras y sucias a modo de pequeñas cuchillas me señalaban de forma acusadora. Yo había sido el causante de todo aquel desastre, había liberado aquellas sombras perdidas y ahora quería venganza. Me miró con ojos amenazantes, como si quisiera absorber mi sombra tal como había hecho con miles de personas seguramente durante años. Irónicamente, sus esfuerzos resultaron un fracaso, no tenía nada que pudiera poseer. Cuando se dio cuenta de mi peculiaridad esbozó una sonrisa pícara y habló por primera vez. Su voz resultó sorprendentemente amable y fina, como la de un efebo inocente pero perspicaz. Me dijo sin miramientos que él era el diablo de aquella construcción a la que llamaba fábrica de los deseos, la torre oeste de una gran construcción en el corazón del mundo de los sueños. Según me contó con voz enaltecida y soberbia él era un diablo bueno, un ente de los sueños que protege a las personas de sí mismas, atrapando aquella parte que las personas no quieren ver detrás de los espejos. Me confesó que hace años ansió mi sombra con devoción y malicia, pero este deseo se esfumó cuando ésta había caído en manos del señor de la torre del este, el señor de las mil yeguas negras, la pesadilla humana.

Le pregunté dónde podía encontrar aquel ser, quería ante todo volver a ver aquella criatura de penumbra, graciosa como ella misma que tanto me había cautivado. El diablo hasta el momento complaciente me dijo que si él era poderoso la pesadilla lo era aún más, ya que tenía muchos poderes y la capacidad de adoptar muchas formas. Justo en el momento antes de marcharme por donde había venido, el diablo me dijo que no podía dejarme marchar. Me dijo mostrando una nueva faceta más agresiva que no podía dejarme ir si no le entregaba su alma, ya que aquellas sombras alimentaban el corazón de su dominio infernal. Le dije que no podía ser, simplemente porque si lo hacía, si me quedaba allí con el para siempre mi corazón perdería sus deseos y sin deseos el corazón de su pequeño laboratorio se pararía, haciendo que se helara el infierno para siempre. El diablo me miró a los ojos y vio en mi la dejadez de una persona destruida, llena de pesares negros y tormentos varios. Comprendió en ese preciso instante que no tenía nada de bello, que yo ya tenía mi propio infierno y mi alma ya tenía su propio dueño, alguien más poderoso que un simple diablo del mundo de los sueños.

IV

Me marché de allí, pero mirando atrás viendo como sus ojos se tornaban oscuros de pura malicia. Antes de desaparecer entre el laberinto de paredes cerré los ojos y me quedé en la oscuridad más absoluta. Escuché sus gritos desgarradores, la desesperación de un diablo sin alma y sin corazón que temía ante todo la oscuridad que le habían mostrado mis ojos al leerme el pensamiento desde su infierno irreal.

Vagué durante largas horas entre largos pasillos esperando encontrar una salida. Me encontré muchas cosas repugnantes menos una pista de como salir de aquella urdimbre sin rumbo. De vez en cuando veía luces parpadeantes o sombras vacuas hacerme señales, haciendo que cambiara de dirección una infinidad de veces. No salí de aquel lugar cuasi minoico hasta que cerré los ojos y pensé. Seguí una dirección rotunda y haciendo caso omiso a la señales intermitentes me mantuve firme en mi decisión de tomar mi propio camino. Con riguroso carácter avancé durante algunos minutos que se hicieron eternos. Comprendí finalmente que sólo había una manera de salir del laberinto, desde luego no era venciendo al minotauro, era ignorar la señales y tomar simplemente una dirección con vehemente Al final encontré la salida de pálida luz azul. Salí de aquella prisión lúgubre y ascendí por unos pequeños peldaños que parecían los de un palacio real.

Amplias paredes me aguardaron. De esa sala grandilocuente brotaba un aroma dulzón y podría decirse que familiar que me reconfortó sobremanera. En cada extremo de las salas había dos grandes espejos elípticos y ligeramente cóncavos que reflejaban la habitación deformando la realidad que se me presentaba. El último detalle en percibir fue el gran sillón que gobernaba el lugar, había un gran trono de espaldas a mi que empezó a girar nada más puse la vista en él. En ese sillón medio raído por el tiempo estaba sentada una criatura cubierta de escamosas vestimentas. Parecía esperarme con impaciencia. No dijo nada, se quedó mirando fríamente como si fuera yo quien tuviera que tomar la iniciativa. Llevaba un traje grisáceo, anticuado pero no en el sentido humano de la palabra, parecía algo no sólo de otro tiempo, sino de otro lugar que pese a no haber escuchado nada de él podría resultarte familiar. Una oscura máscara cubría su cara, con ella parecía una especie de mosca o insecto con gran visión. En sus manos sostenía una jaula de color dorado en cuyo interior se encontraba un precioso pájaro azul y verde.

Cuando por fin se me ocurrió algo que preguntarle irrumpió el silencio pero no sin antes tomar una gran bocanada de aire a través de esa máscara tan ruidosa. Me dijo que hasta el momento nadie había llegado a los niveles más profundos del mundo de los sueños, que era loable encontrar un contrincante tan admirable pero que la cosa había terminado. Me contó con gestos grandilocuentes quien era, él era el señor de las pesadillas, el que cabalga entre el viento de las noches frías y yermas. Sin dejarme siquiera contraatacar me contó qué hacía en aquella fábrica, me dijo su poder era tan elevado que había descubierto la forma de convertir las sombras que se aventuraban en sus dominios en hermosos pájaros. Me dijo que no debía nunca separarme de mi sombra pues ésta se había perdido en la oscuridad de la noche sin estrellas y ya nada podía hacer por ella salvo vivir desprovisto de sueños e ilusiones.

Antes de que pudiera seguir le pregunté sobre la sombra que había logrado humedecer mis ojos con lágrimas de deseo inocente y carente de malicia. En ese momento inclinó la cabeza y miró la jaula del pájaro azul y verde. Me dijo que ya era demasiado tarde, ésta sombra había sido convertida en un hermoso pájaro pues su naturaleza era tan extraña que se había merecido esa jaula de oro para que trinara animando la tristeza del palacio.

No podía evitarlo pero la desilusión hizo mella en mi. Quería aquella sombra, no un simple pájaro cantarín, por muy bello que éste fuera. La criatura se levantó y dijo con voz imperativa que no había nada más que hablar. Que mi desfachatez había llegado al límite y que ahora debía irme del lugar y despertar. Me dijo con voz altanera, - despierta o ya nunca lo harás-.

V

No pudo inhibirme, me abalancé sobre él, quería descargar mi furia sobre su cuerpo en apariencia débil y escuálido. Por lo visto las apariencias engañan, pues tenía unas fuerzas en las manos sobrecogedoras, tanto que por un momento creí que lograría dejarme fuera de combate. Golpeé una y otra vez su cara hasta que soltó la jaula, dejando al pájaro libre que no dudó en marcharse por uno de esos espejos, como si su superficie estuvieran compuestos por agua.

Dejando al señor de los sueños en el suelo decidí quitarme la máscara, provocándome una herida que jamás lograría curar. Él era mi sombra, en cierta medida parte de mi mismo, era aquél a quien tanto había amado y odiado a la vez y que dejé marchar por el simple amor mortal de una mujer. Su rostro ensangrentado me miró y me confesó suplicante que el pacto había sido quebrantado. Él sería el señor de los sueños siempre y cuando no revelara su rostro. Antes de que pudiera continuar le abracé y le pedí perdón. Jamás volvería a separarme de él. Eso eso fue le dije entre lágrimas amargas.

Se levantó y sacando una llave azul de uno de sus bolsillos corrimos a través de los espejos, de una sala en otra, abriendo puertas y portones de todos los tamaños. Con frenesí huimos aligerados por el temor de que el diablo nos encontrara. Desde luego me había engañado, sabría que esto pasaría y que una vez que su rostro fuera revelado podría poseer mi sombra para el resto de la eternidad. Mientras corríamos escuchamos gritos y amenazas, había algo que nos perseguía por aquellos pasillos llenos de puertas y espejos. Algo que mi sombra no llegó a contarme jamás por miedo a que me quedara petrificado de terror.

Al final vimos una puerta de cuya cerradura salía una luz cegadora de color natural. Sabía que era la última salida y que una vez abierta esta puerta ambos estaríamos a salvo. Así pues, sin demora, introduje la llave y la giré con fuerza. Noté un calor enorme que se introducía en mi cuerpo y nada más abrir la puerta fui absorbido por la luz que emanaba de su interior hasta el punto que perdí la consciencia y me alejé de aquel lugar para siempre.

Me desperté en una camilla bajó el amparo de unos médicos que no paraban de atosigarme con preguntas que no podía responder. Varias horas después me enteré que había sufrido una intoxicación grave por las pastillas que había tomado y que habían tenido que lavarme el estómago y reanimarme en una ocasión. De ahí me mandaron a un psiquiátrico donde me preguntaron sobre las pastillas, el suicidio, mi trabajo, la sombra... desde luego volví a ver mi sombra, allí estaba donde siempre, unidos por los pies esperando viajar de nuevo juntos por el mundo de los sueños algún día. Para ellos todo fue fruto de un delirio provocado por los efectos secundarios de la medicación y mi obsesión por ese pájaro se debía a la muerte de un ser querido que no quiero nombrar por respeto.

Al final no tuvieron otro remedio que dejarme marchar, no les conté nada de lo que pasó allí, asentí con la cabeza a todo lo que me dijeron, al fin y al cabo era lo único que querían, dejarme marchar para así librarse de la carga de tener a un paciente más.

VI

Volví a casa. Me tomé de nuevo las pastillas pero esta vez con una cantidad sustancialmente mayor, desde luego quería volver a abrir aquella puerta a cualquier precio. Cerré los ojos y volví a sentir esa sensación de hormigueo en los dedos del pie. En el preciso instante antes de soñar noté una máscara en mi rostro y una llave en mi mano derecha. Yo era el señor de las pesadillas, el guardián de los sueños. Tenía el poder de viajar a través de los mil mundos oníricos y a partir de ahora todo el tiempo del mundo para encontrar un precioso pájaro verde y azul que me esperaba en algún lugar de ese mundo tan especial llamado sueño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.