miércoles, 31 de agosto de 2016

Nada



Hoy me vi a mí mismo siendo niño, castigado por un falso recuerdo. Estaba atado de pies con una gruesa cadena, en medio de un desolador sótano sin mayor compañía que la del ruido de extraños vapores densos. Lloraba desconsoladamente y a mí alrededor crecía un miedo tan fuerte y tan perverso que ni siquiera lo podía sentir. Me asediaba con su bruma, me aturdía con su negro resplandor. A veces lo respiraba durante unos instantes y me asfixiaba, alimentado por un miedo tan antiguo como las piedras o el viento. El más tibio contacto arañaba mi espalda, consumía mi piel, cubriéndose ésta de viruela y hendiduras infectas. Cómo describir cuando alguien lo pierde todo, cuando alguien deja de ser persona porque se ha perdido a sí mismo, porque ya no le queda ni el nombre. Me lo fueron robando todo, pero ese todo era en realidad nada, porque sólo me tenía a mí mismo. Pero todo cambió cuando olvidé mi nombre y las ratas me atraparon en la falsa ilusión de ser humano. Yo no era humano, ya no era nada y ahora que todos lo sabían, eran libres de robarme lo último que me quedaba, mi propia existencia. Veía sus ojos resplandecientes en medio de aquella sepultada soledad, sus patas inquietas escarbar en la tierra y sus largas colas moviéndose traviesas ante la visión de su próxima víctima. Un golpe en el corazón sonó en medio de la oscuridad. Cuanto dolor creo que sentí. Tan cruel, tan basto. Todo golpe era poco para alguien que no era humano. Y luego sólo la oscuridad, el frío y el llanto. Mi cuerpo consumía la respiración como un monte hueco, vacío. Me sentía caduco, abyecto, despreciado. Entonces todas corrieron alimentadas por mi miedo y se cebaron con mi desgracia. Mordían las ratas sin miramiento, sin descanso. En su tremendo acoso me asaltaban con sus dientes, me comían a mordisco pleno, ajenas todas al desgarrador eco del infierno. Poco a poco terminaban conmigo, como el tiempo al tiempo, como el fuego a una vela. Pero a diferencia de todos los fatales destinos, de mí no quedó rastro alguno. Ni sombra ni recuerdo. Ni siquiera la maldición. Me desaparecí en la terrible ilusión de querer ser amado.

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