jueves, 29 de septiembre de 2016

L'impression



Una puerta se abrió lentamente en medio de un largo pero moderado crujido. Dos rostros enlutados se apartaron inmediatamente de sus posiciones y, apagando sus velas, se retiraron a lugares ocultos por un tenebroso manto de oscuridad. Los invitados de la noche entraron en fila uno detrás de otro en el más estricto silencio. Algunos portaban antifaz y otros, máscaras de origen oriental donde se destacaban el color del jade y del rubí. Algunas bocas quedaban al descubierto, mostrando labios variados, perillas y algún que otro bigote. Rostros aparentemente masculinos y anónimos. No obstante, nadie llevaba reloj y todos llevaban guantes de piel, ya que todo contacto con el tiempo quedaba exclusivamente prohibido en aquella sala. Todos cruzaron la estancia y se adentraron en aquel extraño ritual al que habían sido invitados. Amparados por el orden y el respeto, caminaron en círculos y se sentaron en las sillas alrededor de una antigua bañera blanca cubierta en su periferia por una gran cortina morada que no dejaba ver nada a su alrededor. Además, la luz tampoco acompañaba, ocho candelabros mantenían una especie de dualidad lumínica entre aquellas paredes angostas y el interior del círculo, protegido por una densidad de sombras que pronto se unirían en comunión. Un péndulo que hasta el momento permanecía invisible en la habitación empezó a descender y girar por encima de ellos, en el centro mismo de la sala, en sentido horario. Al poco rato llegó una mujer de mediana estatura, cubierta con un velo enlutado que caída desde su cabello hasta cubrir sus pies. A pesar de la parcial desnudez que se dejaba entrever a través de la fina tela, no se podía advertir nada salvo que aquella mujer caminaba con una lentitud extrema, pues sus pies arrastraban de una manera peligrosa la tela que ocultaba su cuerpo y su caminata requería de un gran cuidado. Entonces un sonido metálico marcó el principio de la ceremonia, justo después de que el último de los allí presentes tomara asiento. Las puertas se cerraron al unísono.

Todos parecían absortos con el gran misterio. La mujer se acercó a la bañera y despejó la pesada cortina con un movimiento tenaz que dejó sorprendidos a todos los allí presentes. Detrás de ella había un hombre de colosal envergadura, con un rostro extraño, bizarro en todos los sentidos. Su cuerpo grotesco denotaba una obesidad mórbida, con una barriga que sobresalía del agua en la que reposaba, una larga papada y dos brazos bien nutridos. El abundante vello de su espalda disimulaba débilmente un centenar de cicatrices, pero lo más extraño de aquel hombre eran sus articulaciones. Se podía apreciar que uno de sus brazos era más grueso que el otro. Una de sus manos terminaba en unas afiladas manos de araña mientras la otra presentaba unos dedos gruesos y menudos, alimentando la duda en esa frontera de oscuridad, de si sus dedos estaban enteros o amputados parcialmente.

El hombre pronto agarró con su mano de araña una gran esponja y empezó a empapar su vasto cuerpo con su superficie, escurriendo el agua de su interior y mojando todo su cuerpo. Los allí presentes miraban en silencio, absortos con el ritual del que eran partícipes. Algunos tragaban saliva y los más osados, empezaban a respirar con una cargada marca de emoción al respecto. El hombre siguió durante un par de minutos aquel recorrido con la esponja hasta que ésta estuvo realmente seca. Entonces sonó otro ruido desconcertante en algún lugar de la sala y se acercó de nuevo alguien. Esta vez entró una mujer alta y esbelta, completamente desnuda y cubierta con una exótica máscara africana. Sus brazos eran muy fibrosos, sus piernas eran largas y la fuerte estructura muscular de su cuerpo, advertían de unos conocimientos muy prácticas en las artes marciales. Sobre su piel olivácea se advertían los reflejos de una reluciente bandeja de plata. No obstante, nadie se fijaba en ella y menos aún en su desnudez. Todos los allí presentes estaban intrigados por la figura de aquel hombre metido en la bañera. La visitante caminó con la mirada perdida, y sin perder la vista de un horizonte imaginario, vertió sobre aquel hombre el contenido de aquella bandeja. Aquello no era visible y no emitió sombra alguna, pero los chapoteos indicaron que algo había caído al agua. Pronto miles de pompas de jabón empezaron a surgir del agua y un extraño aroma a lavanda inundó la habitación.

El hombre aprovechó la retirada de la mujer para volver a repasar su cuerpo con la esponja. Lo hacía minuciosamente, con una delicadeza y un esmero que pronto empezaron a crear expectación en los allí presentes. Algunos miraban boquiabiertos la escena, hechizados por la presencia de aquel ser, otros apretaban los párpados al cerrar los ojos, como si lo que vieran no formara parte de su mundo, de su historia. Un hombre de aspecto menudo afilaba su extraño bigotito mientras en sus labios se podía leer una clara sensación de lascivia. El cuerpo del hombre pronto quedó cubierto de una burbujeante capa de espuma y fragancias. Todos los allí presentes fueron testigos de aquel paraíso para la mirada y más de alguno casi se desmaya de la excitación.

Al poco rato entró una mujer menuda, de extremada delgadez y rasgos neutros. Iba cubierta con una túnica azul y portaba una copa dorada con sus dos manos. Un antifaz de calavera cubría su rostro y desde atrás podía advertirse de que su cabeza estaba totalmente rapada. Cuando llegó al frente de aquel hombre, alzó las manos y vertió allí el jugo de su copa. El agua cayó sobre el rostro de aquel hombre y la espuma empezó a desaparecer. Todos disfrutaron aquel minuto de gloria, que se hizo sumamente interesante en la mente de los más recatados. Algunos apretaban sus manos o doblaban los pies, tratando de contener una emoción que la máscara sólo podía disimular. El hombre de la bañera miró hacia arriba y luego a los allí presentes. Su rostro había cambiado, su cuerpo permanecía igual pero su piel facial se había vuelto más fina, las arrugas habían desaparecido y sus ojos se habían vuelto verdes. Su rostro se asemejaba más al de un bebé que al de un hombre de su edad, con un color rosado y unos mofletes hinchados. Las exclamaciones de asombro pronto inundaron la sala y se escucharon muchas palabras de júbilo, especialmente en francés y en alemán. Cuando todos los invitados habían visto su rostro, la mujer se alejó con la copa vacía, invertida hacia abajo y mirando hacia arriba como si algo hablara con ella directamente.

Entonces el péndulo dejó de girar y paró en seco, quedándose parado a la altura de la bañera. En ese preciso instante el cuerpo colosal de aquel hombre empezó a moverse hacia delante, sus ojos se cerraron y su espalda dio un giro hacia atrás, haciendo que poco a poco, todas sus carnes quedaran sumergidas en el agua de aquella extraña bañera blanca. Los allí presentes se levantaron atónitos y sorprendidos. No podían ver lo que estaban viendo. Algunos pocos vieron algo dentro de la bañera que no comprendían, aunque la mayoría sólo vio a un hombre muerto hundido bajo las aguas. Sólo un hombre exclamó de miedo. La cortina se extendió como por arte de magia, sola, y rodeó la bañera, impidiendo a los allí presentes descubrir el destino de aquel hombre. Las puertas pronto se abrieron y las luces del pasillo exterior se iluminaron, invitando a los presentes a abandonar la sala y seguir su camino de regreso. La puerta pronto quedó cerrada y la luz se apagó. La bañera seguía cubierta, en eterno silencio, ajena al sentido de aquel extraño ritual que no se celebraría hasta la siguiente luna nueva.

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