sábado, 22 de octubre de 2016

Verdadero Detective


I

Cuando salió de su casa a las cinco de la mañana, se cruzó con su vecina Puri en el portal. Los vecinos siempre lo miraban con una mezcla de miedo y admiración. José Ramón era un verdadero detective, de esos de gabardina y gafas oscuras. Corría el año de nuestro señor de 1963. Eisenhower había visitado la dictadura española unos años atrás y el acercamiento de la España franquista al bando atlántico, propició todo tipo de intercambios, algunos en plano económico e ideológico, otros en el plano oculto. José Ramón era uno de esos antiguos agentes de la BPS que había sido trasladado al cuerpo de policía, pero con el objetivo claro de construir una tapadera factible y seguir con otro tipo de investigaciones. Él era un detective de asuntos turbios, de cosas modernas que estaban más allá de la atmósfera. Esta vez le había tocado un nuevo caso de avistamiento ovni. El mundo rural a veces era el lugar propicio para la aparición de aquellos lejanos visitantes. Sólo Dios sabía que tramaban aquellos hombrecillos verdes; algunos consideraban que se trataba de una civilización forastera, pero nuestro detective desconfiaba de estas historias y aunque había estado detrás de su pista varios años, nunca había tenido una prueba factible de su existencia. Para él todo eran cuentos americanos que trataban de algún modo de alimentar un temor oculto, el de una posible invasión soviética.

Antes de salir del portal se dio cuenta de las miradas indiscretas de Puri. Era una mujer casada y decente, pero su presencia, irremediablemente, despertaba cierto grado de atracción. Él lo sabía y lo comprendía, porque al fin y al cabo era detective y era natural que las mujeres sintieran algo ante su presencia. Quizá era su aroma avinagrado o el extraño olor a anís que desprendía al abrir la boca. Quizá su bigote aceitoso o los restos de comida frita entre sus dientes amarillentos. Lo cierto es que su figura despertaba cierto halo de autoridad y misterio que muchas personas no podían desatender. Cuando salió a la calle, emitió un potente eructo, signo supremo de su poder. Puri se metió en su casa emitiendo una cara de asco extremo que por suerte nadie pudo observar. Aquel hombre le despertaba tal grado de repugnancia que no podía dejar de sonreírle nerviosamente cada vez que lo veía para evitar revelar alguna grosería. El detective se movió furtivo por las calles, saludando de vez en cuando a algún agricultor precoz que madrugaba esperando la gracia divina. Los sonidos de saludo en aquel pueblo no eran humanos, sino algo más bien gutural, gestual y simbólico. Lentamente caminó hacia aquel santuario forjado desde tiempos inmemoriales, buscando el combustible y la fe que todo hombre necesitaba. Entró en el bar del pueblo y el dueño inmediatamente fue buscando las ampollas necesarias. Aquel hombre buscaba néctar del bueno.

El dueño le sirvió una copita de brandy seguida de un buen herbero. La primera copa entró rápido, castigadora y fulminante. Luego el herbero entró silencioso, acompañado de otro tipo de recuerdos y sensaciones. Pronto la mirada del detective cambió de forma, su expresión ruda se suavizó y las manos dejaron de temblarle. La vida parecía volver a sus mejillas y los ojos empezaron a denotar una inteligencia noble. Al poco rato empezaron los diálogos referidos al tiempo y al precio de los productos agrícolas. Todavía estaba escondido el sol detrás de los campos de naranjos, cuando el detective se enfrentó a tres copitas de cazalla. Una trinidad desafiante que sus venas transformaron en una única sustancia. Cuando terminó, picó algunas olivas y sujetando el palillo con la boca, marchó por la puerta de aquel bar-casino. Tenía un asunto turbio entre manos. Caminó hacia el garaje, sacó la moto y se marchó portando un gran macuto en la espalda. Tras varios minutos de zancas y derrapes, llegó a un lugar apartado en el monte, allí donde las zarzas bien podrían engullir un hombre y hacerlo desaparecer.

Unos vecinos habían visto unas luces descender del cielo y temerosos de los ladrones, llamaron al cuartel denunciando los hechos. No obstante, el asuntó pasó al estado mayor y aquí es cuando llamaron al detective. La misión podía ser peligrosa, pero los objetivos a priori parecían claros, sólo debía observar y analizar la situación. Podía tratarse de un contacto amistoso, pero por otra parte también estaba el peligro de las llamadas abducciones. Por si acaso, y desobedeciendo a sus superiores, José Ramón se llevó consigo un revolver Ruby y una escopeta de cartuchos. Esperaba no tener que utilizarlas, pero su intuición de policía le obligaba a tomar precauciones.

II

Cuando llegó a la ermita del monte, una luz en el horizonte le obligó a frenar en seco. José Ramón casi se salió del camino, pero logró mantener el vehículo estable. Tras parar el motor, escuchó unos ruidos muy extraños cerca de donde se encontraba, así que desenfundó la escopeta y alimentándola con dos cartuchos, marchó por el camino hacia la ermita. Su estado espirituoso le obligaba a caminar encorvado y mantener los pies firmes en un pavimento que parecía moverse por momentos. Tanto se acentuaba esa sensación de irrealidad que no sabía si lo que le estaba pasando era fruto de su embriaguez o de las vibraciones de alguna nave supralunar. Ese zumbido metalizado, ácido y molesto parecía proceder de la parte frontal de la propia ermita, así que el detective decidió alejarse de la infraestructura y ver la nueva perspectiva desde una posición ventajosa. Enredado y castigado por las malezas, el detective se adentró en aquel mar de argilagas y rodeó la estructura desde la izquierda. Habían sido movimientos peligrosos pero necesarios ya que la visibilidad del camino le podía convertir en un blanco fácil. Cuando llegó a visualizar la entrada de la ermita, su cara se trastocó de asombro y se le cayó el palillo de la boca. Tres figuras extrañas caminaban flotando sobre el aire, aunque movían las dos piernas lentamente como si pedalearan una bicicleta. Portaban unos faldones negros y sus largos brazos blancos se movían de una manera perezosa. No podía ver más detalles, pero detrás de ellos destacaba una potente luz blanca que parecía provenir seguramente de alguna de esas naves voladoras.

La puerta de la ermita se encontraba abierta y uno de aquello seres parecía deambular por el interior, pues una de las vidrieras parecía resplandecer. Delante de la puerta misma había una higuera. El detective la recordó, pues fue plantada en tiempos de su padre y cada año parecía dar más frutos. Uno de aquellos seres extraterrestres se subía a una escalera de madera y portando un cesto de mimbre, recolectaba aquellos frutos de uno en uno. Todo parecía muy extraño. Era difícil pensar que seres tan avanzados habían recorrido la galaxia para recoger higos. Lentamente el detective se adelantó y trató de acercarse lo más que pudo sin salir de los arbustos. La falta de claridad todavía le impedía ver sus rostros, ya que eran tan escuálidos y pequeños que no podía distinguir si se trataba de niños disfrazados. Pero en alguno de aquellos movimientos, el detective forzó demasiado la musculatura y una potente ventosidad alertó a los forasteros. Aquellos seres lo miraron fijamente y algunos de ellos empezaron a moverse nerviosos de vuelta a la nave. Dos figuras salieron de unas malezas cercanas a la higuera y empezaron a levitar hacia su posición. José Ramón se puso nervioso y atinó la escopeta. Apuntó y disparó dos veces. Un disparo se perdió en la maleza y otro dio con la campana de la ermita. Tal era la mirla que llevaba que no sabía ni donde había dejado el revólver y los demás cartuchos.

Aquellos seres se aproximaron cada vez de una manera más veloz y lo miraron fijamente. En esa mirada sostenida y recíproca, el detective cayó en un trance profundo y empezó a perder la sensación de su propio cuerpo. Miraba fijamente sus rostros, ocultos tras máscaras de porcelana. No eran ojos los que miraban a través de sus hendiduras, sino estructuras biológicas complejas que alguien de su entendimiento no podía ni siquiera describir. Poco a poco se le cerraron los ojos y el sopor inducido se llevó toda sensación de espacio, tiempo y temor. Cuando se despertó era de noche y unas luces le cegaron. Estaba de pie en medio de una carretera, pero no sabía cómo había llegado hasta allí. El mareo todavía le invadía y al parecer se había defecado encima. Las luces se volvieron visibles y pararon a su alrededor. No eran aquellos seres verdes, sino la benemérita. Le estaban buscando dos días enteros y al fin lo habían encontrado, a treinta kilómetros de la ermita y con un estado de enajenación digna de estudio. El cuerpo de investigadores archivó el caso y atribuyó su declaración a un estado de delirium tremens, aunque siguió investigando los hechos y la presión estatal hizo que oficialmente él había sido herido por dos ladrones en pleno monte. Así lo reflejó la prensa. No obstante, en la cabeza del detective resonaba una y otra vez la misma pregunta. ¿Qué pintaban los higos en toda aquella historia?

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