jueves, 24 de noviembre de 2016

El Sol de Termidor

Portada de Shadows of the Sun (Ulver)
I

Cuando se embarcó en su nave, olvidó durante unos minutos que aquella era la última vez que vería la atmósfera terrestre. El joven carabinero anduvo dubitativo durante el breve despegue, pero finalmente surcó los cielos y desapareció en un horizonte verde plagado de luces amarillentas. Nadie acudió a despedirse de él; las circunstancias propias le habían impedido formar familia y su oficio no era algo realmente estimable en un mundo donde se valoraba más la cercanía y la constancia. La sociedad shaggali era simple pero difícil de entender para un forastero. Tenían nociones mentales avanzadas y habían alcanzado varios fulcros de conciencia, algo loable para una especie que había evolucionado anclada en su cosmos particular, con tres lunas y dos soles. Sin embargo, sus redes sociales seguían basándose en la pertenencia a un clan y al significado que otorgado por el sistema de producción. Aquel joven nació en un poderoso clan, con la forma y el nombre shaggali, pero su espíritu parecía pertenecer a otro mundo, quizá al de los extraños místicos de Sirio o los impetuosos aventureros de Cygnus. Había nacido en una época de intercambios comerciales y formación de milicias interplanetarias; cuando apenas tenía 7 años, fue reclutado forzosamente para la guerra y así pasó toda su infancia, sometido a continuos traslados y entrenamientos. Cuando llegó de vuelta, había pasado unos quince años, pero su clan ya había desaparecido entre matrimonios y cambios de linaje, y aquellos a los que había llamado progenitores se habían perdido entre sus nuevos descendientes. Sus costumbres eran eclécticas, diferentes; era un forastero en su propia tierra. El joven sólo había recorrido una pequeña parte de cosmos conocido, pero eso significaba haber sobrevivido a los abruptos cambios de galaxias y haber aterrizado en varios cientos de sistemas planetarios, cada una con su propia manera de entender el universo y estar en el mundo. Formaba parte de su labor como explorador y soldado y aunque la larga guerra contra los seres tubulares de Fornax había terminado hacía ya muchos años, la red de vigilancia e intercambio diplomático seguía siendo una prioridad bajo el panorama de un universo que parecía expandirse y separar los espacios cada vez con mayor rapidez.

Un año atrás había realizado un viaje de reconocimiento a la inhóspita estrella de Lamda Gruis. Algo no debió ir bien en su misión, pues los allí presentes empezaron a sufrir síntomas de enfermedad y algunos no llegaron vivos a sus hogares. La cuarentena sobre aquella malévola estrella había llegado demasiado tarde y su nave fue puesta bajo protección de los mandos de Tucana. Lo separaron de sus compañeros y a estos entre sí. A algunos los llevaron a algún lugar seguro y otros simplemente los dejaron morir incapaces de curar algo que no podían comprender. Los científicos analizaron cientos de muestras, pero no lograron encontrar signos de radioactividad, gérmenes o cambios significativos en la anatomía celular. Cada caso tenía una particularidad anomalía y eso hizo pensar que podían haber sido víctimas de algún arma provista de inteligencia o de gran capacidad para mutar. No obstante, aquel joven logró escapar de la cuarentena y se esfumó con la nave en medio de lo que pareció ser un motín. Los soldados no se atrevieron a perseguirle o derribarle, temerosos de que alguna sustancia de su interior sobreviviera a la explosión y cayera sobre su planeta. Así, pues, vagó sin rumbo por aquel espacio de luces y oscuridad perpetua, zozobrante y frenético, conduciendo inconscientemente al único lugar que su mente podía reconocer como un hogar. Cuando llegó al planeta que le vio nacer, no reconoció ni el espacio ni la fauna. Tanto tiempo había permanecido con Zishis y Hajonis, que su propia raza ahora le parecía extraña. Por eso despegó sin mirar atrás, sin anunciar su regreso. Por un lado, temía ser repudiado expresamente por alguna autoridad, pero también pensó en lo que podía tener dentro y del peligro que ello suponía para los demás.

Entonces volvió al espacio y recordó el significado especial que había tenido éste en su vida. Casi toda su juventud había estado observando detenidamente aquella oscuridad, absorbido por sus misterios, con la única guía de la tecnología y de las pequeñas luces de las estrellas; algunas vivas, otras muertas. Ahora aquel espacio oscuro se presentaba de una manera negativa, era un vacío tan frío que su significado se cubría de misterio y sólo parecía conducir hacia una muerta segura. Pasaron los días y los viajes parecieron hacerse interminables. Aunque viajaba a una velocidad desorbitada, propia de una nave de guerra, su presencia parecía una mera ilusión inmóvil en medio de un gran abismo carente de origen y sentido. Pensó detenidamente la idea de quedar suspendido en el frío absoluto o de ponerse a investigar sobre su propio cuerpo en busca de una cura. A las pocas semanas, alrededor de su violácea piel empezaron a aparecer una especie de manchas blancas y aunque no se extendieron inicialmente más allá del rostro, su degradación psíquica fue en aumento. Pronto empezaron los mareos y la sensación de irrealidad. Durante unos días estuvo alejado del mando por miedo a sufrir delirios febriles y dejó el control a la inteligencia artificial de la nave. Cuando la ansiedad y la angustia extrema dieron paso a un extraño estado de abatimiento y pesimismo exacerbado, el joven se colocó al frente de la nave y algo le llevó a reprogramar el trayecto y poner rumbo hacia uno de los planetas más extraños de los que había podido hablar. Se trataba de Termidor, un sistema planetario en plena decadencia alimentado por KOI-1422, una enana roja al borde de la extinción. A su alrededor, se decía que habitaban los últimos descendientes de los humanos. No era un plan nada seguro, pero había escuchado historias sobre los misterios de aquella vestigial civilización.

II

Cuando llegó allí, el extraño gris palpable de su atmósfera no le hizo cambiar de opinión. Parecía tóxico y contaminado, pero había visto panoramas más agresivos sin peligro real. Era en verdad un planeta oscuro y aquellas planicies que se extendían a lo largo de su superficie bien parecían desiertos desprovistos de vida. Cuando la nave atravesó aquella humareda, empezó a vislumbrar un cielo extrañamente azulado y una tierra marrón como los desiertos de algunos planetas. Había grandes superficies de agua. Eran océanos verdes de aguas calmadas, sin viento alguno, como si la densidad de aquellos mares fuera colosal e indiferente a los fenómenos. Conforme descendía, descubrió que estaba justo encima de una ciudad de bello colorido anaranjado, repleta de torres y grandes habitáculos construidos de piedra maciza y rocas brillantes. Se decía que los humanos habían vagado por el universo desde los inicios de la historia y que fueron una de las especies más avanzadas en los primeros ciclos del universo, llegando a alcanzar todos los niveles de inteligencia que los investigadores habían podido describir. Sin embargo, se habían extinguido eones atrás, dejando decenas de grandes incógnitas sin resolver. Lo único que quedaba de ellos eran civilizaciones sucesoras, híbridos de humanos y otras especies con las que habían coexistido y que parecían rechazar todo contacto extranjero. Eran en verdad una raza ancestral, temida y respetada por muchos, alejada ahora de los entresijos de las nuevas civilizaciones. Y ahora él se encontraba allí, pensando que ellos sabrían algo de su enfermedad.

Al salir de la nave, notó la presencia de un ser que se aproximaba desde muy lejos. Era escuálido y sobre su espina dorsal se erguía una cabeza de gran tamaño. Su cuerpo era aparentemente traslúcido, tanto que podía ver pequeños objetos moverse en su interior, como una red de pequeños corazones que bombeaban la sangre lentamente. Estaba desprovisto de pelo y sus dos ojos negros parecían intentar comunicarse con él a través de otros medios. Cuando se acercó lo suficiente, pudo ver sus largas extremidades y la fragilidad de su largo y estrecho cuerpo blanquecino. Al cabo de unos instantes, el humano pareció intuir la necesidad de aquel forastero y mirando sus manchas más de cerca le señaló una colina repleta de pequeñas casas repletas de símbolos y figuraciones arcaizantes. Antes de abandonar aquel extraño diálogo, no pudo dejar de contemplar su cuerpo. Se decía que los humanos anteriormente sólo tenían dos brazos, aunque mirando aquella estructura le costaba comprender la razón historia de su evolución. Sin embargo, ignoraba el que tuvieran terminaciones nerviosas en las palmas de las manos y restos de lo que parecían ser branquias, quizá atrofiadas desde hacía milenios debido a la sequedad de los planetas que solían habitar o fruto de algún entrecruzamiento no determinado. No obstante, lo que más le extrañó fue ver aquella sustancia recorrer su piel. Es algo que vio en las personas de aquel poblado que lo miraban con extraña neutralidad, como si examinaran con su presencia, no a una persona, sino a la historia de toda una especie. Aquella sustancia parecía ser una especie de vegetal u hongo que recubría la superficie de su piel. No se apreciaba a simple vista, pero los shaggali tenían el don de distinguir con la vista los espacios más insignificantes de la materia. Se decía que habían entrado en simbiosis con una especie de organismo que les proporcionaba alimento con el simple acto de respirar. Era algo verdaderamente apasionante, pero el joven siguió por aquel camino hacia la colina, pensando que la prisa era fundamental en su estado.

Al pasear por los alrededores, pudo ver como el cielo dejaba de ser gris para convertirse en un tapiz de colores pardos, amarillentos y anaranjados. Una mirada lo despertó de su leve trance y lo guio hacia una torre. Allí, varios humanos se concentraban sentados en unos grandes cojines azules. Uno de aquellos seres extraños portaba una gran máscara que cubría su rostro. Era una máscara poco rotunda, hecha de arena cocida e inexpresiva, al menos desde su punto de vista. El joven intentó hablar, pero un gesto ajeno impidió que pronunciara cualquier ruido. Entonces aquel ser le volvió a insistir con un gesto extraño. Le pedía silencio y le indicaba la presencia de la enfermedad de su interior. Cuando el joven dejó de intentar pronunciar palabra, el extraño le indicó que se sentara junto a ellos. Al hacerlo vio la oquedad por la que miraban al firmamento. Aquella torre formaba una especie de estructura semicilíndrica, abierta a la extrañeza de aquel cielo lejano. Entonces y sólo entonces lo comprendió. Vio el sol morir en el firmamento y algo en su interior removerse, alimentado por una energía que no podía comprender, algo que quizá sólo había permanecido latente en él desde siempre. Los humanos lo habían descubierto hacía eones y ahora se lo mostraban. Fuera, los planetas se alejaban entre sí y la red de civilizaciones parecía desvanecerse en medio de un vacío que cada vez ocupaba mayor espacio. Todo se diluía en la oscuridad más impenetrable. Mientras tanto, los últimos humanos habían decidido rendir culto a una fuerza superior. En esa transición de mundos, estaba situado el sol moribundo de Termidor, señal inconfundible de una luz que ahora llenaba todas sus oscuridades. El joven había comprendido por fin el poder del silencio. Había comprendido y abrazado el significado de su muerte.

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