viernes, 2 de diciembre de 2016

Manos Trémulas

(Dedicado a Artemisa)



En oquedad anímica, desdibujado por la promesa incumplida del tiempo, te imagino ausente, invisible, sumergida en un extraño océano de pétalos azules y resplandores áureos. Allí donde no hay vida, recuerdos o fracasos, allí te espero. Empedrado en la perturbación del alma enferma, en la tesitura de lo incognoscible, susurro tu nombre con palabras prohibidas, la idea de ti, tu sombra y tu desconcertante mirada.

¿Recuerdas la promesa? Vino y rosas bajo el sol de Buenos Aires. Ahora te siento como una diosa lejana, irascible, colérica… y te invoco aplacando tu dura venganza. Susurro tu nombre en medio del frío viento de invierno, en medio de la oscuridad más perpetua. Cierro los ojos y aparezco en aquel lugar mágico que construiste para mí, pero esta vez no encuentro tu rostro, tu esencia encarnada. Miro al cielo y veo el sol blanquecino y las estrellas rojas que anuncian tu llegada. Entonces desciende sobre mí el miedo más absoluto.

La niebla todo lo cubre; enmascara la cruda realidad y se expande como una alfombra para recibir tus pasos enérgicos. El ábside del mundo desaparece engullido por la bruma, la fatalidad del mundo se desdibuja y veo tus ojos en algún lugar, perdidos en un mar de dudas, en la ambigüedad de un pájaro que surca el mar o el destello de un mundo lejano. Me siento en un rincón proscrito y apartado del mundo, en la propia silla de Asterión, prisionero de símbolos desconocidos y rituales que desvelan mi extrañeza. Bebo y observo, me detengo en las oscuridades del mundo, en el fiel reflejo de mi alma convertida espejos negros, esperando a mi santo redentor.

Entonces me coges la mano y me recorres en escalofríos. Me despiertas de un sueño enfermizo y me observas en tu sepulcral silencio, congelando el espacio a tu voluntad, transformando la existencia en un mito eterno. Te miro y no vislumbro tus límites, eres la bruma y el viento, la noche y la voz del océano más profundo. Te comprendo a través de ojos ajenos, a través de las bellas estatuas que has construido alrededor de la vasta ciudad de plata. Te veo cazando letras noctámbulas, incendiando el mar con tus poesías, rescatando héroes perdidos en los abismos más profundos. Enmudezco ante la incertidumbre de tu presencia. Sólo asiento, bebo y rezo en mis adentros esperando que todo aquello no sea un simple sueño.

Las rosas florecen y los ríos dionisiacos se desbordan en tu sonrisa, discreta pero feliz. Entonces paseamos por las calles nocturnas, amparados por la soledad de figuras incorpóreas, por la pacífica piedra de tumbas legendarias, hasta que te arrimas hasta rozar mi rostro y acariciar mis labios curtidos de silencio. Respiras mis silencios, acaricias mi fría piel y aprietas fuerte mis manos. Con un violento gesto me aprisionas entre tus brazos y colocas tu cabeza sobre mi pecho. La ausencia de corazón, la frialdad de mis venas, la ácida melodía que resuena en mi interior. Todo ello lo presientes, lo sientes y no puedes evitar sonreír jubilosa, segura al descargar en mi tu extraña bendición. Entonces desapareces, sin anunciación, protegida de la conjunción hierogámica de nuestras almas. La leve niebla permanece inalterable tras tu presencia, pero yo me siento desvanecer entre dos realidades hasta que finalmente despierto en un nuevo mundo, quebrado por la bebida y la ensoñación.

Así pasan los días y las semanas. En mi soledad nocturna te recuerdo, te añoro y a la vez te desconozco, incapaz de concebir la naturaleza de tu alma, de leer tu presencia en mis sueños.

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