miércoles, 21 de diciembre de 2016

Soy un Osito



A todo el mundo le resulta imposible creer mis palabras cuando escribo, pues no soy un ser humano, sino un osito. No un osito cualquiera, sino uno de peluche, de esos blanditos y peludos. Cuando atardece y el frío empieza a empapar el aire del exterior con su extraño espíritu, enchufo el ordenador, dejo que se cargue Linux y me pongo a escribir historias extrañas que surgen de mi cerebro de algodón. Es muy difícil escribir con mis gruesas manos desprovistas de dedos y muchas veces pulso cuatro o cinco teclas a la vez. Se me hace muy duro ser un osito en este país, el hecho de tener que pulsar cien veces los botones de los electrodomésticos para que funcionen correctamente o cocinar tratando de no arder en el intento, me deja agotado. No puedo ponerme zapatillas y por eso cuando voy por la calle me ensucio muy rápidamente el pelaje y después, los viajes dentro de la lavadora se me hacen eternos, por no hablar de cuando no hace sol y tardo en secarme o cuando a mi gata le da por arañarme, secuestrarme y llevarme a rastras por el pasillo o esconderme en algún inhóspito rincón. El otro día, caminando por la calle, unas chicas empezaron a manosear mi barriga sin pedir permiso, pensando que emitía alguna especie de rayo de amor. Alguna vez alguna quiso llevarme como trofeo a su habitación, para dejarme colgado en una estantería y convertirme en un triste testigo de sus otros amoríos. Lo peor fue cuando ayer fui por fin al cine y no pude ver la película por la altura de las butacas. Me negué en redondo a utilizar uno de esos bancos de plásticos para niños y cuando reclamé un asiento reservado para ositos, la encargada me echó a la calle de una patada. Nadie respeta ya a los ositos. A veces cierro los ojos fuertemente y deseo que, al despertar, mi cuerpo sea el de un ser humano, para poder defenderme y darles a los demás su merecido. Cuando me enfado lucho afanosamente y golpeo pero la gente sólo suelta carcajadas y me acarician, pues piensan que estoy intentando dar uno de mis famosos abrazos de oso.

Mi vida había sido un tránsito constante entre la aceptación y el rechazo al hecho de ser como soy. Han sido muchas las fórmulas que he elaborado para tratar de sobrevivir en este mundo, pero las que más me han generado decepción fueron dos. La primera fue el tratar de encontrar a otros ositos. Siempre que encontré a otros como yo, parecían muertos, sin vida, no tenían la capacidad de hablar y algunos como mucho repetían la misma frase una y otra vez, envueltos de luces o motivados por una extraña magia artificial. Otros incluso eran exactamente iguales a mí, hasta el punto de hacerme creer que tenía algún hermano gemelo escondido, pero cuando los tocaba o trataba de hablarles, no se movían y permanecían inertes, en silencio. Yo era el único que hablaba y si realmente hay otros como yo, nunca los he encontrado y creo ahora que jamás lo conseguiré. El otro aspecto más negativo ha sido mi creencia en los deseos, en el hecho de que cuando deseas algo, se cumple, como si el universo fuera consciente de mi presencia. Éste ha sido el peor de todos. Con cada estrella fugaz, crecía en mí una nueva esperanza, pero han ido pasando los años y esa esperanza ha florecido transformándome lentamente en algo que me ha ido envileciendo por dentro. Poco a poco, mi cuerpo se ha ido ensanchando a causa de la humedad, mis ojos de azabache se han convertido en canicas desgastadas donde se entrevé un cierto trasfondo rojizo. Parte de los hilos que contenían mi forma se han deshilachado y por mis costados asoman mis entrañas de algodón. Cuando salgo a la calle, la gente no sólo no me habla, sino que se apartan de mí, como si fuera un trasto viejo y sucio. Incluso echo de menos cuando se acercaban las mujeres a tocar mi barriga o hacerme fotos con sus móviles caros; ahora sólo se acercan los perros para intentar mojarme con su repulsiva orina y al final sólo me queda la escritura como un modo provisional de crear otras realidades y evadirme de mi miserable existencia. En ese mundo de imaginación, me he convertido a veces en pirata, en detective privado o incluso en un literato del siglo XVII, pero al final siempre termino siendo un osito viejo mal cosido. Estas navidades la cosa ha sido extremadamente complicada. Al haber sido creado en una fábrica, desconozco el término familia. Mientras todos comparten mesa, comen pavo y se hacen regalos, yo me veo obligado a quedarme varios días tumbado en el sofá, mirando al techo y dándole a la botella como un poseso. El alcohol no me favorece, me empapa por dentro y me hace más inflamable. A veces estoy tan triste que me tumbo sobre la cama y cierro los ojos, engañándome a mí mismo al pensar que algún día podré soñar, fingiendo que soy humano, fingiendo que estoy vivo.

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