sábado, 7 de enero de 2017

La Despedida de Estibaliz


Elena, ekkolapsis (ἐκκόλαψις) la schiusa dell'uovo, S.V a.C

Cuando abrió la puerta de su casa, lo hizo tembloroso, no por lo que en ella iba a encontrar sino por la ausencia de lo que había perdido. Hacía unas horas había discutido con Estibaliz, su novia. No había sido una discusión acalorada ni llena de rencores pasados, pero algunas frases parecían querer salir de ambos, aunque al final no lo hicieron y quedaron reprimidas en la inconsciencia del tiempo, esperando que la solución llegara por sí sola. Ella ya no estaba en la casa y él así lo parecía notar, antes incluso de abrir la cerradura. En aquellos momentos solo deseaba tumbarse en algún lugar y dormir largas días, esperando que el dolor que todavía no sentía, no se pronunciara jamás. Sin embargo, el juego de llaves sobre la mesa sonó en su corazón como un adiós. Reposaban armónicamente sobre una nota blanca, escrita a tinta y con aparente calma. Decía así:

Querido Robert,

Ahora mismo miro en mi interior y trato de encadenar las palabras precisas para expresar lo que siento, intentando no hacerte sentir más mal de lo que ya debes estar pasando. A pesar de todo lo que nos dijimos y lógicamente obviamos, he decidido escribirte esta carta para que entiendas cuales son las razones por las que nuestra relación estaba condenada al fracaso. Sí, he decidido marcharme y esta vez será para siempre. Ambos lo sabíamos, pero lo negábamos con todo el empeño del mundo, reprimiendo unas emociones que nos habrían destruido por completo. Cada día nos levantábamos y vivíamos el día como si fuera el fin del mundo, pero las noches… las noches eran el infierno. ¿Cómo saber si mañana iba a estar a tu lado?, ¿y si dejabas de verme tal como era? Tú te arrimabas a mí y dormías plácidamente, seguro por mi presencia, pero yo fingía serenidad y me levantaba en mitad de la noche mirando al cielo, ¿cuál era mi lugar en el mundo? Nadie me respondía, pero el tiempo corría en mi interior como un caballo desbocado en una playa virgen.

Quizá me odies por mi decisión, pero intuyo en mi interior que algún día lo entenderás. Para mí ésta ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida. No, no ha sido fácil. Si supieras donde estoy ahora. Veo esas luces de las que te hablaba, esas nubes efervescentes que vagan por el mundo y me miran con su rareza. No sabes la pena que sienten al verme, al ver mi destino. Llorarían si pudieran condensarse sólo al sentir lo desgraciada que soy. Intento ver lo positivo, ver el tiempo que hemos tenido, pero ahora mismo estoy en ese lugar extraño del que te hablé, incapaz de llorar, de saber si esto sucedió ya alguna vez. Para ti eran simples fábulas; escuchabas entusiasmado mis historias como si fueran fantasías íntimas que compartía contigo, como una locura secreta que me hacían especial. Pero no lo eran y al final lo supiste. Ahora esa realidad ha llegado y sólo veo oscuridad y formas extrañas. La lluvia cae hacia arriba, formada por palabras que formas espirales infinitas. No sé dónde estoy, pero hace mucho frío.

No sé qué será de mí. Estoy tan confusa que mientras escribo estas palabras no sé si voy a desaparecer en cualquier instante. Ojalá las formas hablaran y me prometieran que alguna vez volveríamos a vernos, aunque sea dentro de veinte años. Me acuerdo ahora cuando nos conocimos, fue un extraño error, algo del destino. Tú estabas tan solo y de golpe me tuviste a tu lado. Y ahora, sin embargo, soy yo quien sufre la separación. ¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?, ¿un año? Lo recuerdo como si fueran cientos. Incluso creo que nos casamos en secreto y compartimos viajes a lugares que ya no puedo recordar. Quizá es mi mente quien reconstruye esos recuerdos y nuestros momentos juntos fueron mucho más breves. ¿Recuerdas aquella vez que estuvimos en el bosque? Se nos hizo de noche y tratamos de volver a casa tanteando entre los arbustos. Tú te caíste y me llevaste contigo al suelo. Como nos besamos, mirando las estrellas desde aquel lugar recóndito. Nos abrazamos tan fuerte que me quedé embarazada de ti. Sí, nunca te lo dije, porque cuando más lo pensaba, más angustia sentía al no saber qué iba a ser de nuestra criatura. Había escuchado muchas cosas, pero no sabía que esas cosas pudieran pasar así porque sí. Era algo mágico y yo me lo guardé hacia mis adentros. Poco a poco te apartaba de mis sentimientos. Cuando discutíamos, tu pensabas que lo hacíamos por mis emociones; pensabas que no era feliz y que en el fondo no te quería tanto como tú a mí. No era verdad, si no te quisiera no podría haber sucedido aquel milagro. Me pasaba los días pensando en qué sucedería, cómo reaccionarías. Tenía miedo de todas las posibilidades y nadie me daba la solución más razonable. La tuve que encontrar por mí misma.

Al final he decidido volver a mi hogar por muchas razones, algunas de las cuales no puedo contarte porque no estás preparado para entenderlas. Sólo quería pedirte una cosa y sé de todo corazón, que la aceptarás. Quiero que cuides de nuestra hija. Que crezca y sea feliz, que la protejas y enseñes todo lo que sabes hasta que ella pueda pensar y cuidarse por sí misma. Sé que por el amor que me tienes lo harás y porque ella será la prueba viviente de que nuestra historia fue real. Cuando crezca y se convierta en una persona adulta, podrás contarle nuestra historia si así lo decides, pero nunca temas por ella en mi memoria, porque a ella no le va a pasar lo que me está pasando a mí. Yo debo volver a mi mundo, pero ella pertenece ahora al tuyo. Espero que algún día comprendas que, si tomo esta decisión, es porque es la mejor para los tres, especialmente para ella. Un beso. Se feliz.
Estibaliz.

Cuando Robert terminó de leer la carta, se sentó mareado en el suelo. Entre toda aquella historia, surgieron nociones de sus recuerdos, como si todo aquella ya hubiera sido vivido en alguna parte de su ser. No obstante, se quedó durante un tiempo pensativo, sin saber qué hacer. En aquellos momentos lo hubiera dado todo, por estar junto a ella en cualquier otro lugar, pero no comprendía lo que le decía al final, no tenía sentido y simplemente no podía ser. Al cabo de unos minutos trató de recomponerse y secar sus lágrimas, marchó hacia la cocina a por agua y lo que vio allí le sobrecogió. Encima de la mesa de la cocina había un huevo blanco con puntitos de colores. Parecía un huevo de avestruz. Cuando lo tocó estaba caliente, casi ardiendo. Algo se movía en su interior.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.