sábado, 18 de febrero de 2017

Genio Maligno


Bajo el reino de la diosa Arinna, una mujer dio a luz a un ser diferente, raro en apariencia. Era material, pero invisible; se manifestaba bajo las propiedades del peso y del espacio-tiempo, pero aquel pequeño individuo era liviano como el aire, volátil como una nube de bruma azul y su cuerpo-alma parecía estar ungido por la eternidad. Tradicionalmente, aquellos seres nacían alimentados por alguna de las lunas invisibles del otro mundo, quizá imbuidos por una extraña magia o la voluntad de algún ser de incalculable poder. No obstante, muchos solían ser abandonados en los arrecifes más violentos por sus madres después del parto, temiendo que la sociedad los rechazase o que su naturaleza no fuera benévola. Casi todos ellos volvían al cielo donde pertenecían y se mezclaban con el viento, hogar que convirtieron en su reino. Las variadas corrientes del mar y los vendavales eran la prueba viviente de su existencia. A pesar del feliz desenlace de algunas de estas criaturas, algunos hombres malvados, motivados por sus ansias de riqueza y poderr, encerraban a estos seres en viejas lámparas y los arrojaban al mar. Nunca se conoció a la perfección su método, pero para ello utilizaban materiales preciosos y fuelles con los que meter a las pequeñas criaturas en sus prisiones doradas. Los atraían con espejos y gemas preciosas. Cuando estos seres traslúcidos veían aquellas luces paraban de danzar sobre el aire y se quedaban frente al espejo, pensando que su cuerpo estaba formado de piedras preciosas y luces de colores. En ese estado de asombro y aparente felicidad, los mercaderes de almas se acercaban por detrás y los absorbían con los fuelles, metiéndolos después en las famosas lámparas. Después de grabar en éstas sus sellos secretos y encantarlos con sus miserables salmos, los arrojaban al mar, en lugares propicios que sólo ellos conocían y que previamente habían marcado en sus mapas.

Todos permanecían en el interior de aquellas pequeñas cárceles, atrapados y condensados en pequeños reflejos de luces doradas, congelados en el tiempo y sumergidos en la soledad más pura. Con el tiempo, la desesperación y el miedo transformaban sus almas y desataban en aquellas criaturas los poderes más grandiosos que ningún mortal ha podido alcanzar. Algunas se volvían excesivamente poderosas y otras no tanto, pero todas se doblegaban ante sus salvadores por el temor a aquel abismo de silencio y oscuridad. Los sellos garantizaban que aquellas criaturas no se escaparan, pero también lo hacía la intuición, pues todos estos seres nacían con el miedo a perderse y diluirse en un océano de aguas turbias. Cuando más tiempo pasaban aquellas lámparas en el fondo del mar, su interior se volvía más poderoso, pero también la inestabilidad de su poder y la posibilidad de que la criatura de su interior enloqueciera provocando desastres tras su liberación. Los mercaderes de almas conocían todos estos secretos y por ello volvían en los momentos precisos para rescatar las urnas repletas de lámparas y venderlas más adelante a través de toda una serie de rutas comerciales y relaciones diplomáticas con las grandes jefaturas. Ninguna lámpara había estado más de cuatrocientos años en el fondo del mar. En uno de sus viajes de recuperación, los mercaderes lograron encontrar con las cuerdas y los anclajes las urnas de sus cultivos de manera rápida y efectiva. No obstante, la fuerza del oleaje hizo que alguna de aquellas urnas, que no había sido tapiada correctamente, se inclinara demasiado y dejara escapar una de las lámparas. Al sacar del mar la urna y colocarla sobre la barcaza, los mercaderes juntaron las lámparas y sin contarlas, se marcharon hacia los lugares marcados, dejando en el fondo de aquel abismo, una lámpara sin dueño.

Los secretos de los mercaderes se perdieron con el tiempo y decenas de grandes imperios fueron borrados de la faz de la tierra. Todo el mundo olvidó el secreto de las lámparas mágicas y sólo la tradición oral, acompañada a veces de la religión, transformó aquellas criaturas en efrit, yinn o genios. Y así pasaron los siglos, sumergido en la soledad más profunda, en el aislamiento anímico más corrosivo. Durante los primeros años, el genio suplicó en silencio su liberación y gritaba en sueños palabras de libertad y esperanza. Sus poderes se desataron y pronto se prometía a si mismo que concedería un deseo a la primera criatura que lo liberase e incluso que le serviría durante un tiempo para devolverle todo el bien que le había hecho. Pasaron las décadas y mientras todas las lámparas ya habían sido vendidas, él permanecía allí, en silencio, sumergido en sus súplicas y añoranzas. Con el poder totalmente desatado, prometía ahora tres deseos y una bendición que sólo criaturas de semejante poder podían otorgar. No obstante, el olvido sepultó aquel mar de incógnitas y corrompió su principal destino. Pasaron las décadas y luego los siglos sin que nadie apareciera. El genio seguía en su interior, ignorante del día y la noche, pero plenamente consciente del tiempo. Cada segundo era una gota emponzoñada que caía sobre su alma. Pronto empezó a gritar enfurecido que arrasaría a aquel humano que lo liberase y al mismo tiempo prometía que le daría todo lo que pidiese. Luego volvía a vociferar palabras de castigo y tortura para su liberador. Quería beneficiar a los humanos, pero el odio hacia ellos, por no acudir en su ayuda, lo llevaba hacia posturas contrarias. Así pasaron los siglos y luego los milenios, cambiaba de opinión con cada siglo, tratando de visualizar todas las posibles opciones que le permitieran ser libre. Finalmente, la locura invadió la mente de aquella alma encarcelada y la desquició hacia las fronteras más siniestras que algunos llamaban la vil sabiduría. Mientras, su poder no paraba de crecer y alcanzó la cima más alta que ninguno de los de su especie pudo haber alcanzado. El sello de su superficie iba perdiendo color y la lámpara se oxidaba mecida por las corrientes marinas y el salitre. El extraño halo de malignidad que despedía su interior hacía que bancos de peces huyeran de su presencia e incluso los cangrejos no se atrevían a pasar por aquel lecho marino. Con cada pensamiento, la corriente se volvía turbia y la conducta de los animales cambiaba hasta el punto que muchos peces de la misma especie empezaron a devorarse unos a otros.

Un año, milagrosamente, después de que todos los ecosistemas sufrieran transformaciones y la propia historia de la humanidad cambiara de rumbo, un submarinista anónimo encontró aquel objeto mágico en el fondo del mar. Fue la ausencia total de vegetación y de peces la que hizo que le llamara la atención aquel espacio tan concreto. La lámpara permanecía allí, reclinada sobre el fondo del mar, como si hubiese sido depositada en el mismo instante en que él fijo su mirada. Cuando la cogió, sintió un escalofrío y una corriente de aire helado empezó rodearlo como si todo aquel objeto, de palmo a palmo, estuviese maldito. Al salir a la superficie, se subió a la embarcación y empezó a examinar aquel aparato sin quitarse el equipo de buceo. Parecía de oro, pero su superficie estaba muy lastimada; lo que sí parecía factible es que aquello valiera una fortuna. En su inspección, frotó sin querer la superficie de la lámpara y el sello dibujado se borró. Pronto un silbido metálico y unas chispas emergieron del cacharro. El humano soltó la lámpara de su mano y se apartó, tratando de quitarse el traje que le impedía ver lo que estaba pasando. Un humo amarillento empezó a envolver la barca del submarinista y pronto el aire se llenó con una pestilencia insana, como si cientos de ballenas muertas anidaran en su interior. Una explosión hizo que la lámpara quedara ennegrecida y que de ella saliera un ser fluido, rojizo como un mar de lava y oscuro como las historias bíblicas que hablaban de infiernos y demonios alados. Éste no tenía alas, pero se erguía victorioso sobre el cielo hasta casi alcanzar las nubes. Parecía medir varios kilómetros de altura. Su rostro era diabólico y de él emanaban fuertes chispas de fuego y relámpagos. Sus ojos eran dos esferas relucientes de color azul, como si éste fuera el único color que revelasen su primera naturaleza. Con su sonrisa malévola y su rostro cincelado por la locura, absorbió varias nubes y exhaló mares de fuego que quemaron todos los pájaros que se atrevieran a volar a su alrededor. El genio, pronto miró hacia abajo y vio aquel insignificante ser. Ya no recordaba nada, ni quien era, ni dónde había estado ni donde debía ir. Sólo reconocía en su interior unas frases que emergieron de su boca sin medir palabra.

En la mente del submarinista se formaron varias frases inconexas, que, bajo una especie de telepatía, aparecieron en forma de imágenes y significados. Comprendió que el genio le iba a ofrecer todos los deseos que él quisiera. Entonces la luz acudió a su mirada y su semblante cambió del miedo al júbilo. Era un genio como el de las leyendas y todos sus sueños se harían realidad. Pronto acudieron a su mente imágenes de riqueza, fama, salud, inmortalidad, poderes… lo quería todo, incluyendo amar y ser amado, ser temido, pero también respetado, poseer el poder de la inmortalidad, pero a la vez el poder de detener su vida cuando quisiera. Durante minutos enteros trasladó a la mente de aquel ser omnipotente todo lo que le había garantizado. El genio sonreía de una manera malévola y hacía remover el mar con cada una de sus risotadas. Las luces rojas que emanaban de sus pies flotaban sobre la superficie del mar y hacían bullir aquel mar con un calor que parecía sacado del propio infierno. Cuando terminó de desfilar todas las imágenes posibles y hechos, incluyendo la felicidad y el bienestar de todo lo que puede desear un hombre para él y los que le rodean, el genio cruzó sus brazos y sonrío complacido. Le comunicó con su extraño poder que a partir de ahora no envejecería y que permanecería vivo seis milenios, pues no podía darle más vida de la que él había estado encerrado. No obstante, le dijo, entre sonrisas de fuego y relámpagos, que le concedería todos y cada uno de los deseos. Ninguno de éstos se haría realidad, pero él los desearía con toda su alma el resto de su vida, siendo el más infeliz del mundo hasta que no se cumplieran todos y cada uno de los deseos que había soñado.

El rostro del submarinista cambió del asombro al terror. El genio dejó de cruzar sus brazos y emitió un ruido tan vestigial de odio que todos los mares se agitaron con miedo. Acto seguido movió con su magia la lámpara ennegrecida y la tiró al mar, arrastrándose con ella hacia el abismo materno que le había convertido en lo que era. El mar se volvió rojizo y más tarde verde, como si toda su superficie se hubiera convertido en ácido. Miles y miles de peces y seres marinos flotaron muertos en aquel mar corrupto. El cielo se oscureció un poco y el viento paró durante las siguientes horas como luto ante la muerte y autodestrucción del último de los genios.

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