miércoles, 8 de febrero de 2017

Verduros


Los disparos anunciaron el trágico desenlace de la batalla. El ejército principal del duque de Rochester había sido derrotado en el campo de batalla. No había sido una victoria pírrica, sino más bien una carnicería. Las tropas malignas no sólo habían conseguido romper la línea defensiva principal y aislar una parte del ejército de la línea de mando, sino que además provocaron la deserción de los batallones mercenarios de las franjas más alejadas e impidieron el fuego de cobertura por parte de unos arqueros que ya no podían distinguir la línea enemiga del horizonte. Aquel campo repleto de calor y furia era un mar donde se entrecruzaban dos corrientes marinas de diferente densidad. Después del oleaje y los gritos desgarrados de los últimos supervivientes, el ejército enemigo siguió hacia adelante, sin detenerse lo más mínimo ante aquel pasto de tierra sanguinolenta. No eran humanos, no sentían piedad por aquellos a los que sólo querían destruir. Eran un entramado de vida que reclamaba la soberanía del mundo.

Pronto la carretera que llevaba a la fortaleza quedó ensombrecida por el ejército invasor que corría a una velocidad alarmante. Los disparos cesaron, conforme aquel mar tragaba los restos de los supervivientes que corrían despavoridos, disparando sin mirar atrás, tratando de encontrar el único refugio seguro sobre la faz de la tierra, la morada del rey de Kenhaven. Pronto silbaron los cañones de salvas y las culebrinas hicieron vibrar los propios cimientos del mundo. El aire se volvía turbio mientras la pólvora blanca y negra se entremezclaba en un extraño vendaban de aire esperanzador. Sonaron las trompetas y los portones de la puerta principal fueron cerrados. El puente que daba acceso desde el acantilado fue derruido con explosivos y pronto la fortaleza quedó totalmente aislada en esa especie de montículo en medio del mar, repleto de escarpados arrecifes y prominentes paredes verticales. Todas las tropas fueron movilizadas hacia las almenas. Los cañones dispararon sin cesar, haciendo estallar el horizonte con sus duras sacudidas de plomo. No se escuchaba nada, todo el mundo permanecía ensordecido por aquellos truenos de poder. Los ballesteros preparaban sus saetas, los mosqueteros sus mosquetes. Los arqueros untaron sus flechas con venenos intensos, con bálsamos proscritos que se inflamaban al recorrer el aire con fuerza y los caballeros a pie, armados con sus feroces alabardas y martillos de lucerna, apretaban las manos y rechinaban los dientes alcanzando el punto justo de dolor, tratando de encontrar las fuerzas necesarias para el fin de los tiempos.

Fuera, las tropas enemigas pronto se encontraron con la fiereza de los humanos y su determinación de llevar la guerra hasta el final. Las primeras divisiones cayeron al precipicio. Tal era su fanatismo y fervor que no percibieron la presencia del vacío. Pronto la artillería hizo estragos en sus compañeros y miles de verduras fueron batidas o incendiadas. Los hombres-verdura, hortalizas y cosechas varias alzadas en rebelión, empezaron a organizarse y trataron de buscar un modo posible de acceder al torreón. Cada segundo, una lluvia de muerte y destrucción caía sobre ellos. Pronto las catapultas empezaron a cebarse con las líneas más avanzadas y derramar sobre sus cabezas cientos de piedras en llamas. La mente inconsciente de aquellos seres pronto encontró en nuevo tipo de formación. La densidad de las tropas hizo que empezaran a formar un cuerpo sólido semejante a un puente verde, de tal manera, que se reestableciera un nuevo punto de conexión entre los dos lados del abismo. Mientras, un ejército insospechado de verduras y algas fluorescentes emergía del mar y escalaba los acantilados a una velocidad amenazadora. Los matacanes pronto soltaron galones de aceite hirviendo. El fuego griego caldeó las paredes de aquel monte y el mar llegó a inundarse de llamas potentes que impregnaron todo el abismo con un extraño aroma a apio y espárragos. En el frente principal, las catapultas consiguieron frenar la consolidación del puente orgánico en varias ocasiones, pero finalmente éste se formó en el espacio de tal forma que su destrucción resultaba asombrosamente difícil. Aunque los hombres-verdura traspasaron el puente, las vasijas llenas de brema neutralizaron el avance del ejército varios minutos. No obstante, pronto llegaron las catapultas orgánicas y el panorama empezó a mostrar un carácter más desolador. El cielo se llenó de fuego y verduras. Los hombres-calabaza se lanzaron hacia la ciudad y algunos ya se atrevieron a presentar batalla en las propias almenas del castillo principal. Sus escorpiones pronto lanzaron zanahorias gigantes que atravesaban las armaduras de cuero de los arqueros peor afortunados y las catapultas empezaron a lanzar melones explosivos que bajaban la moran de cualquier guerrero. Ni hizo falta que la puerta callera. Los hombres-verdura, junto con los hombres-calabaza y las algas del mar, se reptaron por las murallas y se cebaron con los últimos defensores del rey. Algunos hombres se lanzaron hacia el mar esperando pasar desapercibidos entre tanto caos y otros deponían las armas pensando que las verduras tenían alguna especie de sentimiento.

Los hombres-alcachofa remataron a los heridos y los micónidos se llevaron los cadáveres a los oscuros rincones donde moraban los de su estirpe. Los aposentos del rey pronto fueron abiertos allí permanecía el viejo, sosteniendo tembloroso una espada mientras sus enemigos le rodeaban. Sólo un hombre-verdura cayó ante su espada. Los demás lo rodearon y se hicieron con él. Pronto los hombres-acelga entraron en la habitación y se fueron metiendo uno tras otro en su boca. El rey suplicaba clemencia. Los hombres-verdura sólo sonreían, malvados como eran, insípidos. Sanos pero perversos.

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