domingo, 9 de abril de 2017

Waldeinsamkeit

Del Vinilo Elegy for rusted souls (Factrix & Control Unit)

Aquella noche una parte de mí se despertó. Lo sentí en mi interior, en todo mi ser y aunque no volví a tener la misma experiencia exactamente, mi concepción de mundo cambió para siempre. Había sido un verano muy cálido y los incendios habían dejado su huella cerca de donde vivía por aquel entonces, en medio del campo y rodeado de un espeso bosque de pinos. Era extraño pasear en aquel mundo de contrastes. Siempre había asociado el verano a la libertad y al descanso, a la ausencia de la mala educación del instituto y sin embargo en mi casa sólo había lugar para el enfado y el hastío, cosa poco habitual en aquellas fechas. El terrible incendio había consumido una parte de los terrenos de mi familia y mi padre estaba tan enfadado que acompañaba todos sus jadeos con un fuerte golpe en la mesa. Yo no podía entender por qué no trataba de reparar el daño causado en lugar de hacernos sentir culpables a todos. En aquella época comprendía perfectamente la frustración y no es que no sintiera pena por el trabajo de mi padre, pero me era muy fácil pensar las respuestas a preguntas que no provocaban daño emocional. El seguro iba a pagar los desperfectos, pero había algo más en aquel bosque que no comprendía.

Cuando salía a pasear, me olvidaba del ambiente de pesimismo, pero de alguna manera lo arrastraba por dentro; con cada patada al suelo o cada rama arrancada, cercenaba una bondad latente. Los animales evitaban mi presencia, al igual que la de cualquier hombre. Era curioso comprobar como aun siendo realmente primates, los demás animales no nos reconocían como tales; sólo los animales terribles o gravemente enfermos se dejaban ver por aquellos páramos desoladores. De vez en cuando sorprendía al horizonte la aparición de algún jabalí o la desesperada búsqueda de una serpiente hambrienta. Del bosque abierto pasé a la parte quemada. Era extraño ver como dos realidades tan distintas se abrazaban en silencio, como si una mitad de bosque quisiera curar a la otra, como si los árboles chamuscados lucharan después de muertos por seguir en pie y demostrar que siguen formando parte del bosque. En aquella naturaleza, ausente de vegetación y cubierta por las cenizas, vi reflejada una parte de mí que se había marchitado. Es esa parte que quizá todos habían visto pero no habían querido asumir. Por eso todo el mundo estaba tan triste por el bosque.

Aquel complejo mundo de formas y colores así me lo mostraba. Era un animal durmiente, vasto e inmortal que crecía y moría hasta la infinitud. Con su propio lenguaje me enseñaba la miseria que suponía ser humano. Vi aquellos árboles agrietados, carbonizados, me miraban como figuras traumatizadas por mi destino, aterrorizados por la mortalidad del alma humana. Poco a poco atardecía y el sol dejaba de estar presente. Las sombras sustituyeron el manto de ceniza y los vientos aullantes empezaron a parecer mensajes sacados de otro mundo; hablaban entre ellos, susurrantes, tristes, desgraciadamente eternos, pero potencialmente optimistas con su destino. A veces respiraban felices y aullaban levemente las canciones que les contaron los primeros dioses y otras, sin embargo, chirriaban agrietados como si quisieran despertar y caminar libres por el mundo. Aquellas canciones eran viejas profecías que sólo los árboles conocen y que ningún hombre ha sido capaz de descifrar por su falta de paciencia y la crueldad del tiempo que pronto los hace envejecer y morir. Pronto, un relámpago iluminó el firmamento y suavizó las terribles formas de las nubes negras del norte. Los matorrales inciertos se iluminaron con pequeñas luces rojizas, recordando la fatalidad de su sacrificio. Decidí entonces, ya en creciente oscuridad, abandonar aquel lugar y refugiarme en casa. El camino se mostraba ambiguo y ciertos ruidos me avisaban de la presencia de animales cercanos. Pronto un conejo deambuló saltando sobre la ceniza y por poco se libró de chocar contra mis pies. Pensé entonces si era verdad esa leyenda que dice que los conejos esconden los huevos huérfanos en las cenizas después del incendio para que eclosionen del calor latente de sus entrañas.

Después de aquella reflexión, dejé de escuchar el oleaje de las ramas y brincos de animales inquietos y me dejé guiar por la explanada que me indicaba que ya estaba casi fuera de la parte quemada. En medio de aquella sentida quietud, un rayo estalló a pocos metros de mi presencia y partió un árbol en dos. Tan fuerte fue el estruendo que todo mi cuerpo se paralizó como si aquel tronco inerte fuera mi propio cuerpo visto desde fuera. Trueno y relámpagos cayeron a la vez, iluminaron el espacio e imbuyó con su mágico despertar un mensaje grabado a grito de furia y certeza. Era un mensaje escrito para un monte que sueña, para un bosque que escucha y quizá también para un hombre que observa. No puedo describir con total precisión todo lo que vi en aquellos tres segundos, pero mi mente, que acostumbra a estar repartida en varios procesos incongruentes y acelerados, quedó concentrada en la existencia exclusiva de aquel fenómeno. Viví esos segundos como si fuesen eternos. Vi descender el rayo, formado por algo más que luz y descarga; era como si un ser habitara en aquella maraña de incertidumbre, me miraba con ojos electrizantes, con la sorpresa de un hombre que ve una especie nueva. Finalmente cayó sobre el árbol y lo partió en dos, penetrando indiferente en cada poro de su estructura, como si fuera conocedor de su huésped. Y luego salió despedido, transformado, como si se hubiera llevado el alma de aquel árbol de vuelta a un mundo muy lejano. Me escudriñaba desde su misterio, sabedor de mi capacidad innata para recibirlo en mi mirada. El rayo se volvía a formar y en esa milésima de segundo ascendía de nuevo al cielo, siguiendo la estela que él mismo había dejado y uniéndose a toda una serie de relámpagos inacabados que hebraban la realidad más elevada. Era un camino fugaz y que muy pocas cámaras son capaces de captar hoy en día, pero yo lo vi desde mis ojos como si todo aquello pasara a cámara lenta. Era como si todo el bosque enmudeciera y los árboles dejaran de respirar ese mismo segundo para ensalzar el retorno de una parte de su ser al misterio más profundo.

Aquella noche descubrí uno de los aspectos más extraños de la naturaleza divina, aquella que se esconde detrás de las partículas más finitas que constituyen el tiempo. Fue una experiencia que despertó en mí muchas dudas, pero ninguna certeza. Esa noche, castigado por mi tardanza, no dejé de mirar el cielo nocturno y enfurecido por el fin del verano. Me preguntaba si algún día mí alma o lo que quedara de mí, realizara ese mismo recorrido y se reencontrara con aquel ser que me dio esperanzas.

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