martes, 23 de mayo de 2017

El Arquiteuta


I

Hace ya algunos años, en proximidad con nuestra realidad más inmediata, ocurrieron una suerte de fenómenos catastróficos cuya autoría quedó en el más oportuno olvido. Las revueltas ocasionadas y el malestar generalizado de la ciudadanía fueron hábilmente transducidas en el sentido humanitario. La solidaridad entre las personas logró que parte de la sociedad restableciera su nivel de vida, pero nadie, salvo rara excepción, aprendió una lección de toda aquella historia, pues todos desconocían quien era Emilio Santana, uno de los mayores sinvergüenzas de nuestra época. Y como él, otros le siguieron en el futuro, protegidos por el silencio de los grandes hombres y el miedo o la ignorancia de los ciudadanos de a pie.

Emilio Santana nació en algún lugar de las tierras de Aragón, aunque algunos lo sitúan en la costa atlántica. Tuvo una infancia normal; al igual que sus hermanos, nació y se desarrolló con aparente normalidad. Jugaba con los demás niños, hacía los deberes y obedecía a sus padres. No había en el algún rasgo o temperamento que delatara algún tipo de alteración o trastorno, más bien parecía una persona del montón. Era una persona normal, pero demasiado normal, tan normal que eso representó el inicio de una fuerte patología en nuestro pequeño truhan. Cuando acudía a clase los tutores no sabían qué decir a sus padres; no se portaba del todo bien, pero tampoco mal. No era ni de lejos el más listo de la clase, pero tampoco presentaba problemas en el aprendizaje, simplemente aprobaba todo por los pelos. Y esta aparente indefinición representó para nuestro pequeño bribón el inicio de una larga patología, pues su realidad chocaba con las fantasías de superioridad y distinción que le empezaban a poseer. Así pues, nadie percibió el desborde de sus fantasías narcisistas y los intentos aciagos de destacar en algo. Los profesores y sus padres simplemente lo ignoraron hasta la edad adulta.

Su patología, desconocida en aquel momento, se conoció más tarde como trastorno hiperadaptativo mayor. La ausencia total de diagnóstico empeoró su curso hasta volverlo inmune a cualquier tipo de tratamiento, su mente había llegado por azar o través de algún mecanismo anímico-inconsciente, a alcanzar una idea pura, algo que algunos filósofos denominan idea a priori. Y ésta era una idea tan pura y firme, que ninguna terapia cognitiva o discusión filosófica podía arrebatársela. Esa coronación llegó el día en que Emilio estaba contemplando el cielo, era una tarde apacible y la nube cumulonimbus que oteaba el horizonte le proporcionó la impresión de que sobre su superficie afloraban edificios y murallas propias de la ciudad de Dios. Fue en ese preciso instante cuando comprendió una cosa muy profunda y cierta: que no quería trabajar ni estudiar en toda su vida. Sin desarrollar la metafísica ni la introspección había llegado a descubrir, al igual de Lacan, que Freud estaba equivocado. El principio del placer no era la obtención de alguna gratificación o la evitación de dolor, sino el principio mismo de no hacer nada, de hacer lo menos posible.

Así pues, nuestro joven gandul creció y terminó los estudios cuando el estado ya le permitió dejarlos, a los dieciséis años. No hizo falta que sus padres esperaran dos años más para llamar a la policía ni que le hicieran la maleta. Él mismo volvió de la escuela con el certificado de estudios básicos y se marchó de casa sin despedirse. Aquel título regalado, equiparable al certificado de la primera comunión, sería el único trofeo verdadero que tendría en su vida, aunque ostentaría una docena de títulos más de igual o peor calibre. Sus padres no se extrañaron; más bien quedaron aliviados al saber que la persona más vaga del mundo se había marchado de su hogar. Se dice que por aquel entonces se le podía ver por las estaciones de autobuses y trenes, vagando de ciudad en ciudad, cometiendo una y mil fechorías. No tenía grandes capacidades analíticas, pero el don de robar le venía de fábrica. Habría hecho fortuna como ladrón o estafador si no fuera porque era tan vago que buscaba el dinero fácil allá donde lo hubiere. Muy pronto se ganó el sobrenombre de Francisco Jeta, pues se cambió el nombre durante una temporada. Pero tarde o temprano, al igual que el bachiller Trapaza, tuvo que cambiar de tácticas y mudarse de ciudad para no ser reconocido. Algunas personas lo reconocieron de pueblos cercanos e incluso algún que otro cliente estafado se volvió a topar con él. A veces hacía de vendedor ambulante y otras de falso comprobador de la empresa de gas. Pese a sus contratiempos y desavenencias, nunca lo cogieron ni recibió su merecido. Siempre se mudaba a tiempo y su cara excesivamente normal hacía que no dejara rasgos fácilmente recordables.

Algo extraño sucedía cada vez que abandonaba una ciudad. La gente lo olvidaba. A los pocos días de que él abandonara una ciudad, ésta lo olvidaba para siempre, hiciera lo que hiciera y dejase lo que dejase en ella. Eso sí, su rostro parecía ir envejeciendo con los años, pero no fue a partir de los últimos años cuando él empezó a notar que aquella vida de jetismo ilustrado no siempre le iba a ir bien. Estando en algún tren perdido de la Mancha, vio su rostro reflejado en el cristal. Su incipiente barba descuidada, sus ojos pequeños y psicopáticos, su larga mandíbula de oral-satisfecho… todo parecía igual que siempre, pero había una nueva necesidad. Sentía que había llegado el momento de hacer algo grande. Sentía que esa vida que llevaba, llena de miseria y planes a medias, era en realidad una tapadera, un mecanismo o una barrera creada por su propio inconsciente para no dejarle ver quién era realmente. Él no era Emilio Santana, el pillastre, el pájaro… él era Emilio Santana, el Fucking King de España.

II

Cuando llegó a Valencia, bajó de la estación de tren y caminó atraído por aquella ciudad encantada. La ciudad era una meca para todo tipo de sectario, estafador o magufo. Allí los sabios recorrían las calles buscando trabajos temporales mientras los más reconocidos caraduras ocupaban altos cargos. Corrían horripilantes rumores sobre fieros chamanes urbanos y algunos que otros goetas y salisatores tenían sus despachos en los centros universitarios más destacados. Animado por el espíritu burbujístico y la creciente demanda de edificios vacíos, nuestro hombre se sintió en su salsa y probó suerte en la construcción. Pronto averiguó, ante la falta de liquidez para convertirse en constructor, que la única manera de entrar en el negocio era siendo arquitecto. Entonces se sentía tan preparado que marchó a la universidad para sacarse la titulación. Pensaba que esa misma tarde podría disponer del título si se daba prisa y los profesores notaban su sofisticado don. Pero no fue así, la secretaria lo envió de un lado a otro y después de muchos quebraderos de cabeza y días enteros de formularios, se vio sentado en un pupitre, preparando el acceso a la universidad. Estaba tan lleno de energía que sus conocimientos en sumas y multiplicaciones no le sirvieron para resolver aquellas integrales de bachiller. Todo le sonaba a chino y no parecía entender el cero en el examen. Ni siquiera había aprobado el test de lengua y eso que tenía palique y salero para dar y tomar.

Ese día, enfermó como un demonio y largas fiebres le dejaron catapultado en un extraño de semisonambulismo callejero. Su cuerpo no podía aceptar la injusticia con la que había sido juzgado. Aquella negativa de la universidad era para él, un puñetazo en todo el hígado. Únicamente uno de aquellos delirios de grandeza podía sacarle de aquel azote de realidad. Su cerebro maniobró en consecuencia y su sangre se alteró hasta bullir por los ojos. No hizo falta azúcar valenciano para llevarlo a la realidad que él experimentaba diariamente. En ese sentir de transformación, en esa transición de renovación mística, los ojos de Emilio brillaron como señal de fluidez. Había ideado un nuevo plan. Pronto lo vieron aparecer en las obras, vestido con un traje azul y el pelo artísticamente reorganizado. Se presentaba a todos con una tarjeta. Era Emilio Santana, arquiteuta. Al principio sus trucos no funcionaban, pero muchos constructores, después de su larga insistencia, se dejaron embaucar por sus novedosas ideas. Sus márgenes de beneficios eran impensables y hasta la fecha, ningún caradura los había siquiera igualado. Pronto lo trataron de a usted y lo invitaron a cenas y reuniones. A las pocas semanas ya tenía un gabinete propio y todo el mundo empezaba a conocer al arquiteuta.

Cuando le preguntaban sobre su titulación, realizaba numerosas parábolas y aspavientos hasta desviar el tema con preguntas retóricas y frases sinsentido. No quería dejar claro que era arquitecto, pero tampoco lo negaba cuando el otro lo asumía. Ante el problema de la titulación, él siempre decía que la titulitis estaba empeorando este país, que él era un arquitecto de la calle, un arquitecto de la vida. No necesitaba más que su intuición y sus habilidades personales para construir lo que quisiera. Así pues, pronto empezó a salir en la tele, a ofrecer charlas e incluso consiguió el beneplácito de la universidad, al regular la formación de los arquiteutas. Los propios arquitectos callaron y su silencio le hizo más fuerte. Nuestro sinvergüenza, en menos de dos meses, ya estaba dando cursos y conferencias. Su trabajo seguía prosperando. Al principio copiaba y pegaba los mismos planos una y otra vez, planos procedentes de obras ya realizadas y firmados originalmente por arquitectos de gran reputación. Luego empezó a realizar pequeños cambios, a cambiar el orden de las paredes e incluso el tamaño de los pilares y puntos de apoyo. Ahorrar en material era una necesidad innata en él, pero también quería innovarse, darse a conocer como un artista. Emilio Santana no sólo era arquitecto, era también un artista incomprendido, un saltimbanqui de la filosofía continental, un yogi de la ciencia experimental. Pronto no sólo realizaba planos de edificios y jardines, sino que escribía artículos sobre la materia oscura y ensayos donde defendía que el general Washington y Aristóteles eran la misma persona.

III

El desastre empezó con el primer edificio caído. Los planos indicaban que el error estaba en el diseño. No obstante, él sólo se colocaba de lado, con una capa roja y anunciando con mirada furiosa palabras sacadas de la biblia. Los jueces enviaban a todos a la cárcel, constructores, jefes de obra y técnicos, antes que a él. Su potestad era tan contagiosa que todo el mundo lo reverenciaba con una ceguera digna de análisis. Fueron quince los edificios y varios centenares de familias las que se truncaron debajo de los escombros que él iba dejando. Mientras, su cuenta bancaria no paraba de crecer y su cara se volvía de una tenacidad indescriptible. Se decía que ni siquiera una almádena medieval podía partirle la cara. La extraña admiración que seguía teniendo nuestro rapaz amigo vino acompañada de una evolución última en su patología. No obstante, antes de aquel extraño desenlace se tornara leyenda, un contratiempo le sobrevivo. Tuvo las pocas luces de pasear cerca de uno de sus edificios en el momento de su caída. No perdió la vida, pero una piedra de los escombros le golpeó la cabeza con una potencia magnífica. La poca corteza prefrontal que tenía quedó totalmente diezmada por aquel garrotazo divino. Su cerebro había quedado convertido en un pan bimbo inflado con las más estultas visiones. Eso le permitió ser considerado mártir y patrón en vida de la arquitectura y en gobernador general de la ciudad de manera perpetua.

En ese estado alterado, su espíritu más puro, su genio más descarado salió a la luz. Nada lo podía ya retener. Nadie sabe qué tipo de pensamientos ocurrieron por su mente, pero Emilio Santana quedó alterado para siempre. A los pocos días apareció ataviado con una larga toga y como una especie de Heliogabalo, empezó a hablar de una realidad distinta. Su marcada barba de modernillo quedó convertido en una larga barba blanca de flipado y unas gafas de sol de marca ocultaban dos ojos enrojecidos por la altura que había alcanzado su espíritu. Su glándula pineal en aquellos momentos había estallado incapaz de albergar un alma tan grande y grandilocuente. Pronto empezó a realizar extraños diseños, animado por visiones lejanas y los escupitajos que daba sobre la pared, vociferando al afirmar que se trataba de arte moderno. Cuando terminó, empezó a reír con una malignidad que empezaba a competir con su fama de santo respetable. La ciudad pronto se llenó de obras y los arquitectos que veían los planos se echaban las manos a la cabeza. Nadie decía nada, pues la voluntad máxima era incuestionable y el poder ejecutivo fulminaría a cualquiera que abriese la boca. El arquiteuta estaba por encima de todo y ahora su obra final se debía cumplir. Cada vez que alguien tiraba de la cadena, las calles se empezaban a empapar y pronto la mierda corría junto a los pies de las personas. Los desagües habían sido tapiados y las cañerías desviadas hacia la calle. Ésta empezaba a llenarse con los excrementos de sus propios ciudadanos y aunque en internet todo el mundo gritaba con mayúsculas, nadie se atrevía a protestar en la calle ni a realizar ningún cambio. Emilio conocía muy bien la vagancia, sabía muy bien cuál era el principio de placer. Se sentí un genio que pronto vería su obra culminada. Las calles de Valencia empezaron pronto a quedar inundadas de mierda, era una Fecal Venice. Todos protestaban y gritaban aterrorizados desde sus casas, incapaces de mantener más de dos minutos la cabeza fuera de las ventanas, pero pronto corrían al baño y volvían a utilizar el inodoro con tal frustración que pronto las heces se volvieron más virulentas. En una semana, las casas empezaron a caerse y algunas fachadas se deshicieron por el contacto con aquel pútrido viento. Muchos vecinos murieron ahogados en aquel mar de mierda, construido sólo y exclusivamente por ellos, ya que Emilio Santana, el arquiteuta, el aborrecible y miserable, no tenía más poder que el que los demás le habían otorgado.

IV

La ciudad finalmente se había vuelto explícita. El inconsciente colectivo desbordaba las aceras y mostraba el verdadero néctar de la vida, aquello que las normas sociales habían sepultado bajo mares de hormigón y plástico. Mientras unos despertaban de su letargo, embrutecidos por la marea de realidad en la que se había convertido Valencia, otros seguían adorando al arquiteuta y le daban las gracias por los bienes recibidos. Aquellos rezos y oraciones catapultaron el ego de Emilio, quien pronto hizo magia y se subió a los lomos de una nube blanca, para marcharse levitando lentamente hacia el mar, hacia el mismo mar que había sido sobrevolado por el Papa Luna y que siglos atrás había embrujado a Roís de Corella y Joanot Martorell. Sus risas seguían sonando en todo el horizonte, mientras la ciudad se hundía y estallaba como un polvorín. No hizo falta que la ciudad lo olvidara pues nada quedó de ella a los dos días. Convertido en Simón el Mago, nuestro viejo amigo sobrevoló el cielo, hinchado por la ignorancia ajena y deseoso de drenar otros lares.

2 comentarios:

  1. Me encantó el relato. En muchas de las escenas no pude evitar apretar los puños y fruncir el ceño en vano. "...yogui de la ciencia experimental..."; simplemente genial. Podría jurar que el señor Santana ha estado por muchos años, de visita en el Caribe. Gracias.

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    1. Gracias. Es un relato un poco airado. Estos personajes cada vez abundan más en todo el planeta. Un saludo.

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