sábado, 15 de julio de 2017

Sótano de Hormigón

Chris Moody
I

Aquella tarde de principios de agosto, José Luís cumplía los treinta años. Por primera vez, había olvidado aquella fecha, en antaño, tan especial. Realmente el objetivo de aquellas celebraciones no eran marcar el tiempo y subdividir algo que ya no pertenecía al aspecto tangible, sino consolidar las relaciones familiares y fortalecer las amistades de acuerdo a los fenómenos ancestrales del don y contra-don que tanto había estudiado la antropología. Pero en este contexto, ya nada tenía sentido. José Luís ya no guardaba ningún vínculo familiar y sus amistades habían desaparecido con el precipitado despegue del mundo universitario. Después de una carrera, un máster y varios cursos, se había convertido en una de las personas más amargadas de la ciudad; estaba al borde de la ruina económica y aunque podía acceder a ciertos trabajos de baja cualificación, la desesperación le desbordaba con cada uno de los jefes ineptos con los que se encontraba, todos ellos sin titulación, pero con apellidos deslumbrantes. Alrededor de su persona, parecía florecer una nueva generación de jóvenes emprendedores, obsesionados con los viajes, los tintes para el pelo y los trabajos poco convencionales. La nueva etapa de virtualización y materialismo desbocado habían sepultado los anhelos de José Luís en un lugar que algunos teóricos denominaban sótano de hormigón.

En eso consistían sus sueños, en la simple y llana oscuridad. Hacía años que sus viajes oníricos eran cada vez más escasos y con el tiempo el color también había huido de su inconsciencia. De noche sudaba la cama y exclamaba con agónicos gritos de terror las pocas horas dormidas. De día, se pasaba los tiempos libres errático, medio somnoliento, insultando y amenazando de muerte a todo el que se cruzara por aquel mundo virtual llamado internet. Hacia años, él era un estudiante modelo, un futuro sociólogo con grandes conocimientos que trascendían los manuales de la carrera y estanterías llenas de libros de Lévi-Strauss, Althusser, Michelet, Foucault, Zizek, Lukács, Habermas, Adorno y Chomsky entre otros. Ahora la oscuridad se había apoderado de todo, la música había desaparecido de su vida y la única luz en su casa era la del monitor, la cual dejaba entrever el acumulado polvo sobre los libros descuidados de su pasado. Ya nada tenía sentido en aquel infierno sin normas, sin posibilidad de cambio, sin camino hacia la superficie.

II

Mientras, su interior se había convertido en un paradigma reichiano, con los intestinos inflamados, llenos de bilis negra y una fuerte coraza muscular que trataba de protegerlo de una inminente combustión espontánea. En su sótano de hormigón, se marchitaba entregándose a la voluntad del mal, en ese mundo abismal, simbólico, horrendo, que iba engullendo y atrapando a cada vez más adultos incapaces de adaptarse al infierno de la vida. Sólo una cosa cambió en aquella ocasión, algo escapó de su maltrecha consciencia y del halo de resentimiento que le carcomía, quizá animado por aquella fecha especial que había tratado de ocultarse. Sin saber muy bien dónde dirigirse, subió al coche que había heredado de su padre y marchó por las calles anochecidas de la capital, lentamente, calmado por las extrañas vibraciones de aquella antigualla. Al llegar a un paso de cebra, la luz roja del semáforo le alumbró el rostro. Aquella luz, peligrosa, cargada de un vestigial rastro de odio, debió activar algo en su interior, algo oscuro y reprimido durante años. Sus ojos se encendieron con un desconcertante furor y el pedal de aceleración quedó aprisionado bajo sus pies de plomo. No vio muy bien quién era la víctima, pero recuerda de aquel momento fugaz un fuerte golpe en el capó y un rostro juvenil de pelo azul marcado por el miedo y el dolor. No hizo nada, sólo aceleró y se perdió en aquellas calles como si nada hubiera ocurrido. No era dueño de sí mismo, cambiaba las marchas y la dirección del volante como si estuviese poseído por un alma ajena. Cuando volvió a casa aparcó el coche y lo revisó. No había ni un solo rasguño. Más tarde se durmió temblando por un miedo que hacía años que no sentía. Sabía que iría a la cárcel, que moriría entre las rejas frías de una celda gris y eso le aterraba sobremanera.

Esa noche, sin embargo y a pesar de toda la agitación, no soñó. Cuando despertó, estaba sudado y sus manos manchadas de sangre. Pero no una sangre reciente, sino de una suciedad medio seca, como si su piel se hubiese cubierto de una sustancia delatora, mitad real, mitad imaginaria. Durante el día escuchó las noticias, la policía buscaba a un conductor en fuga; decían que la víctima no había sido escogida al azar y que podía tratarse de una venganza. No obstante, no mencionaron nada más de la víctima. Ni siquiera dijeron si seguía con vida. Todo era muy extraño, como si las noticias trataran de ocultar información, sabedoras de la expectante inquietud del conductor. La somnolencia se apoderó de su alma y cuando volvió a entreabrir los ojos, estaba de nuevo, sentado en el coche de su fallecido padre y solo, en medio de un gran descampado a las afueras de la ciudad. La vieja radio estaba en marcha, reproduciendo con un volumen moderado un viejo cassette de Tino Casal. El cristal estaba medio roto y había salpicaduras de sangre hasta en el techo. Trató de lavar las pruebas, pero cada vez que pasaba el paño, esparcía la suciedad y engrandecía la evidencia de sus crueles actos. Tras un duro trabajo y después de lavar levemente el coche con algunas botellas de agua, lo puso en marcha y volvió a la ciudad. Cuando entró, la conductancia de su piel estalló en nervios de acero. El resplandor de aquellas luces brillantes le poseía como si todo su ser sólo fuera una máquina inerte y respondiente al entorno. Al volver a casa, se encontró de frente con un coche policial, en mitad de un cruce de difícil maniobrabilidad. Los policías se quedaron mirando su vehículo, todavía húmedo por el lavado nocturno y parte del cristal frontal estriado. José Luís paró en seco y se quedó a merced del destino. Sin embargo, los policías avanzaron por el cruce y giraron hacia su derecha, como si no hubiesen visto realmente su vehículo. Todo era muy extraño, demasiado para ser realidad, pero las noticias del día siguiente revelaban el oscuro secreto. Un conductor asesino andaba suelto por la ciudad. Era ya un asesino en serio y nadie parecía haber visto nada.

III

Desde entonces, pasaba las tardes sentado, mirando la tele apagada y esperando que la oscuridad despertara su vileza. Tenía unos guantes de conducción puestos y unas grandes gafas de sol redondas. No quería ser identificado fácilmente pero también temía aquella primera luz rojiza, aquella energía anómala que le hacía perder el control. Con gran talento parecía circular por las calles de Madrid, atento a cada despiste, a cada alma en pena. Quería que todos quedaran como él, muertos. Durante semanas ocurrieron varios atropellos, siempre sin testigos, con un supuesto coche que parecía haber salido de la nada. Algunos decían que el vehículo era verde, otros que era rojo o quizá marrón. Acertaban a veces, pero nunca con conocimiento real del objeto. José Luís estaba ya atado a ese mundo extraño, vaporoso y cruel, convertido en un devorador de vidas, en un héroe desalmado condenado a vagar sin rumbo, esperando a encontrar la fuente de su tremendo odio visceral. Conducía atrapado en el asfalto, sin vida, esperando el día en que pudiera encontrarse a sí mismo en mitad de aquellas calles nocturnas, mirarse de frente y acelerar sin piedad hasta atropellar su propia persona. Pasaron los años, pero nadie supo nunca más de José Luís; los crímenes simplemente cesaron tras tres años de largas investigaciones y cientos de muertes sin resolver. Un día simplemente José Luís vio una oscuridad tremenda que lo rodeaba todo y que en poco tiempo había devorado la ciudad. Las luces de los faros no podían ni siquiera reflejar el pavimento y su propio cuerpo había dejado de tener luz. Al poco rato, se metió dentro del coche y arrancó. Conduciendo en medio de la oscuridad se dio cuenta de que no había nada, ya no quedaba nadie vivo en su mundo.

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