jueves, 10 de agosto de 2017

Duelo en Azul

Hiro Isono (mod.)


Cuando cierro los ojos, me olvido durante unos segundos del dolor, pero luego los abro y recuerdo que fui maldecido para siempre, desde aquel primer dolor de abril hasta las noches eternas de verano. Daba igual donde estuviera, cerca del mar o anclado en la meseta central, rodeado de inmensos kilómetros de tierra yerma. Respiraba mi propio sufrimiento, bebía las lágrimas de espíritus cegados por la ira. No muchos reconocen el derecho a negar la vida, pero aún lo son menos quienes reconocen el poder del silencio, la vida no vivida, la negación de la propia existencia. Con cada respiración, una pincelada de dolor moldea mi rostro, desfigura la esencia exterior que me da forma. No hay cura, no hay milagros. Entonces elijo el silencio y la entrega a ese Dios que me presentó Marcos. Es un Dios del silencio, un ente superior a todo lo que puede ser pensado, superior al tiempo y rey cruel del silencio supremo, del universo sin vida que nosotros nunca llegaremos a ver. Entonces caigo en ese sopor y trato de evadirme de todo.

Pero nunca hay escapatoria. A veces me veo de nuevo envuelto entre brumas, rodeado de flora ya extinta y animales decrépitos que sólo son ruido y sombra. Visualizo aquellos acantilados insólitos y densas selvas cubiertas de vientos cálidos. Me maravillo ante ese sistema frágil que es la vida y durante horas me dejó llevar por una esperanza sutil que trata de armonizar los pensamientos y las causalidades. Todo ese despliegue de natural belleza me sepulta sobre la propia historia del hombre, se produce mi encuentro con el espíritu final de los tiempos y entonces la congoja se hace conmigo, porque olvido el silencio, el dolor, el frío firmamento sobre el que caminan mis pies y donde se pierde mi vista al anochecer. En ese mundo de esferas relucientes y ríos cargados de vida, escuché un estruendo ensordecedor. Para algunos fue un trueno de los dioses, para otros un grito angustioso o tambores de guerra. Para mí, un llanto desgarrador.

Algunos de aquellos hombres acudieron a la llamada y bordeando el río desde la otra orilla me reclamaron con sus brazos abiertos. Sostenían las lanzas con fuerza, pero, sin embargo, sus caras no mostraban la más mínima emoción. Eran cinco aguerridos guerreros de la tribu Harroka que parecían advertirme de algo o quizá de pedirme un favor. Cuando estuve en la otra orilla, todos soltaron sus lanzas para no tratar de resultar hostiles y señalaron con gran tristeza el interior del bosque azul, el lugar de donde emergía un gran árbol de sombras rojizas. Sus caras estaban pálidas, desanimadas, no como los recordaba de otros sueños. Esta vez parecían preocupados. Señalaban el interior de su recinto sagrado, pero lo hacían con un miedo desconocido por mí. Antes de perderme en la maleza sagrada, trataba de demostrarles mi interés, de calmar sus aterrados espíritus, pero no había manera. Ya había abandonado el lecho del río y ellos seguían señalando hacia mi dirección, estáticos, ignorantes quizá de nuestro breve diálogo de intuiciones y símbolos. No eran espíritus, sino guerreros que habían perdido el alma en algún lugar de la selva. Permanecían de pie, abandonados a su suerte, expectantes de reencontrarse con su parte inmortal.

En ese transcurso húmedo y hostil, el agotamiento me venció y no pude sino guarecerme de la propia vergüenza de fracasar ante tal osado viaje. No había señal ni devota significación en aquel mar de homogénea vegetación. Las sombras del gran árbol eran confusas y aunque trataba de sentarme y encontrar el silencio, no lo encontraba en ningún rincón. Los ecos ensordecedores del viento hacían vibrar las hojas de los árboles y se volvían de vez en cuando tan fuertes que despejaban momentáneamente la cúpula arbórea para mostrar un cegador firmamento de lunas y estrellas argénteas. No entendía que había cambiado en el mundo para que aquel lugar sagrado se hubiera convertido en un cementerio de almas perdidas. Quería gritar, como aquellos gritos que me atrajeron a mi propio destierro, pero elegí de nuevo el silencio. Él era mi consolación, la noche estrellada, el vacío de forma, la vida no vivida. No podía gritar y hacer que otros se perdieran por mi culpa. La quietud a veces era una pequeña recompensa, pero aquel páramo seguía siendo un mal lugar donde perecer. El calor asfixiaba, la humedad carcomía cada uno de los poros de mi cuerpo enfermizo y llegó el momento en el que ya no pude recordar cual era en verdad la motivación que me había llevado a perderme en aquellos bosques tropicales. Un día, olvidado por el tiempo y los malos infortunios, me encontré con el tronco de aquel gran árbol, perdido en mitad de un mar de sombras y dudas. No pude alcanzar a ver su altura, pero a su alrededor navegaban cientos de almas moribundas convertidas en pájaros sombríos. Hacían ruidos enternecedores, ajenos al mal que me carcomía por dentro. Todos volaban hacia arriba menos yo. Entonces me volví a perder cerca de aquel recinto sagrado y lloré hacía mis adentros. Sólo allí encontré un silencio verdadero. El dolor se hizo más potente y el sufrimiento y la angustia se cebaron con mi alma maldita. Ya no quedaba nada en mí salvo el dolor y nada, ni alma ni espíritu, podían hacerme despertar de aquel infierno.

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